lunes, febrero 25, 2013

SWEET, SILENT THOUGHT

De pronto, sin levantar la cabeza del libro que estoy leyendo -la Antología de poesía española e hispanoamericana de Onís-, reparo en el silencio desacostumbrado que reina en la habitación, pese a que en ella se encuentran en ese momento tres personas y una gata, y a que, a principios de la mañana, advertí con cierta contrariedad que en la casa vecina, que se alquila a visitantes de fines de semana, había gente, y que las voces y movimientos de éstos -subidas y bajadas de escaleras, puertas que se cierran, entrechocar de cacharros de cocina- eran, como suele suceder, muy audibles en toda esta manzana de casas en general desamuebladas y vacías... Pero no ahora. Los vecinos deben de haber salido, o quizá se han evaporado en la nube baja que nos envuelve. Porque el caso es que estamos dentro de una nube, tan húmeda y cargada que es más bien una masa de agua en suspensión, hasta tal punto que, al entrar en contacto con los edificios, se licua y resuelve en chorros de agua que oímos caer por el canalón del patio, por ejemplo. Aparte de ese ruido, ya digo, sólo se oye el del crepitar de las llamas en la chimenea. La luz, mezcla de las lámparas que tenemos encendidas y del resplandor nebuloso que filtra la ventana, tiene una cualidad ambarina, cálida y envolvente. Y, ahora sí, levanto la cabeza para ver qué hacen los demás. La gata, encaramada al filo de la mesa, se calienta al fuego. C. copia una cabeza de Leonardo e imita con unos lápices acuarelables los tonos de sanguina con los que éste solía dar contraste y relieve a sus estudios anatómicos. M.A,, que ha olvidado traerse el libro que está leyendo estos días, repasa algún otro extraído del estante donde guarda su colección de literatura japonesa. Llevamos, no sé, una hora, o puede que dos, sin cruzar palabra. Yo ando un poco tocado de una infección de garganta, que puede que sea el inicio de una gripe, lo que también contribuye lo suyo a esta especie de sensibilidad trascendida con la que percibo la situación. Me acuerdo -y no digo nada para no irritar a M.A., que detesta ese poema- de "El dulce, silencioso pensamiento", el soneto de Unamuno, inspirado en uno de Shakespeare, en el que describe una situación de calma hogareña muy parecida a ésta, con la salvedad de que en ella el único que está entregado a elevadas tareas intelectuales es el propio Unamuno, mientras su mujer hace calceta... Miro el reloj. Se va acercando la hora del almuerzo y, con ella, el fin de este desusado intervalo de rara, silenciosa armonía, que seguramente luego, a la tarde, con otra luz y otro ánimo, será muy difícil recuperar.

1 comentario:

Inmaculada Moreno H. dijo...

Comprendo perfectamente a MA. A mis padres les regaló alguien, hace muchos años dos ¿apoyalibros se llaman esas piezas que sirven para que no se tumben los libros de una balda? Pues de estas dos piezas, la que asemeja una L dibuja el perfil de un hombre leyendo; su simétrica, el de una mujer recostada jugando con un bebé. Le cogí una ojeriza inquebrantable a la persona que hizo el regalo. Qué le vamos a hacer, es superior a mis fuerzas.