lunes, febrero 04, 2013

VAQUILLAS

Óleo de José Antonio Martel Guerrero.
Como no me interesaba mucho el asunto de las vaquillas que el ayuntamiento iba a soltar para celebrar el día de San Blas, me refugio en un bar, mientras la multitud se concentra en torno a los desorientados animales. Y es curioso observar la masa desde cierta distancia, sus flujos y reflujos como de marea, o las figuras, como de banco de sardinas o bandada de estorninos, que traza al agruparse y dispersarse. Y en uno de esos vaivenes, la vaquilla se abre paso hasta la puerta misma del bar en el que, en ese momento, asisto a un extraño forcejeo verbal entre un susceptible vecino del pueblo y un foráneo algo pasado de rosca. No sé a dónde, entre bromas y veras, habría llegado la discusión si, en ese momento, no la hubiera interrumpido la irrupción de la vaquilla. Me acerco a la puerta, y me llevo el susto de sentir inesperadamente contra mi muslo el choque de la testuz del animal. Al retirarse, veo que mi vecino, que no es otro que el nativo susceptible, luce un monumental desgarro en su holgado pantalón de pana. De milagro no le ha clavado la vaquilla el cuerno en pleno muslo. Lo veo retroceder con dignidad, aparentando no dar importancia al incidente, tal vez por no proporcionar nuevos motivos de zumba al impertinente que, impávido en su puesto junto al mostrador, ha asistido a la escena.

Pero la cosa no termina aquí. Tras su incursión en el bar, la vaquilla ha embestido contra el escaparate de la vecina caja de ahorros, y se ha colado dentro por el cristal  roto. Hay discrepancia sobre los daños causados. Hay quien dice que ha hecho pedazos un ordenador, y quien asegura -pero esto ya me parece pura fantasía- que ha embestido la carcasa del cajero automático, y que, si no hubiesen logrado distraerla de su propósito, habría conseguido reventarla. Algún radical sobrevenido se lamenta de que no estuviera dentro el director de la sucursal, o cualquier otro representante del gremio. Que, como todo el mundo sabe, no está ahora en su momento de mayor popularidad, precisamente. 


***

Indisposición. El cuerpo de uno no está a la altura de sus ansias de abarcarlo todo, de disfrutarlo todo. Ha bastado una somera degustación de los manjares disponibles -un cuenco de garbanzos con tagarninas, una ración de chivo guisado, otra de sangre en tomate, unas albóndigas de choco, un poco de ensaladilla rusa, unas cucharadas de pringá..., todo ello caóticamente aportado por los congregados en la casa de estos amigos que todos los años, por San Blas, celebran su propia fiesta dentro de la fiesta- para que el cuerpo entrara en ese estado de desistimiento en el que yo no desea ni apetece nada, y casi no se reconoce en sus ilimitados deseos de apenas una hora antes.


***

Sólo en medio de la multitud, y con un poco de sol en las espaldas, se podía soportar la cuchillada del frío. Un feroz nordeste ululaba en los aleros y sacudía las copas de los árboles. Estábamos a la espera de que sacaran al santo, y visto lo que se demoraba la misa, alguien se quejó "de la poca consideración del cura con los ateos que esperábamos fuera", a la intemperie. Por fin hizo su aparición: primero, solemnemente mecido a lo sones del himno nacional; para, a los pocos minutos, iniciar la loca danza que habría de llevarlo por todo el pueblo, al ritmo de canciones populares interpretadas por una animosa charanga. La primera, por cierto, fue Bailando, de Alaska y Dinarama. Y llamaba la atención la naturalidad con la que esa vieja canción discotequera de los redichos años ochenta, tan afectadamente urbanos y modernos, se adaptaba ahora a los requirimientos de un desenfadado festejo rural. O quizá era que la preponderancia, en el público, de la generación que ahora ronda los cincuenta propiciaba estos curiosos sincretismos. Cosas más raras se han visto.

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