lunes, marzo 11, 2013

BAB MERICAN

Se alternan los chaparrones con intervalos de sol, las rachas de viento con los momentos de relativa calma; y también asistimos a las distintas combinaciones de todos estos elementos: lluvia con viento, chaparrones tocados de la luz dorada de un sol tímido asomando entre nubes... Me acuerdo de ese mismo tiempo loco en los días que pasamos en Tánger: el sol espléndido en la playa de Sidi Kacem, justo a la mañana siguiente de la tarde de lluvia y viento frío que me obligó a comprar una gorra impermeable con orejeras en un puesto de la rue Salah Eddine al Ayoubi, y a guarecernos luego en la acogedora patisserie La Española, ya muy cerca de la Place de France; o el temporal de viento y lluvia que aplazó, el día de la partida, la salida del ferry y nos deparó un viaje de perros. Lleva uno metido todo ese tiempo cambiante en la cabeza. Y se nota.

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Claro que, para serenidad, la que se respira en los salones de la antigua Legación americana, junto a la puerta de la medina muy apropiadamente llamada Bab Merican, frente al cementerio judío. Nos había dado todas esas señas el amable recepcionista a quien el día anterior habíamos mostrado nuestro disgusto por no tener una habitación con vistas, y que diligentemente nos había arreglado el cambio de habitación esa misma mañana. "Frente a la parada de taxis", nos dijo en un español casi musitado; y, efectivamente, frente a la mencionada Bab Merican hay parados una docena de esos Mercedes desvencijados que allí llaman grands taxis, entre cuyos privilegios figura el de la casi exclusividad en el transporte de viajeros a y desde el puerto, en contraposición a la caterva de petits taxis -casi todos, pequeños Dacia- que se ocupan exclusivamente de los trayectos urbanos... 

Vamos tomando nota de todos estos detalles porque son, a falta  de otros asideros, nuestros únicos recursos contra la indecisión y la desorientación, y porque mostrarse claramente perdido en estas calles es exponerse a que se ciernan sobre uno decenas de improvisados guías y "ganchos" de comercios. No es el caso hoy. La historiada Puerta de los Americanos -doy por sentado que ése debe de ser el transparente significado de Bab Merican- conduce, después de algún que otro vericueto debidamente señalizado, al hermoso palacete que ocupó la antigua Legación, y que hoy se exhibe a sí mismo como uno de esos ancianos bien vestidos y algo venidos a menos que uno ve tomando su té en el Café de París o en el Central. También alberga una modesta colección de pintura local, y una heterogénea colección de mapas antiguos, documentos, recuerdos de viajeros notables, etc. Podría uno sentarse en cualquiera de esos sólidos sillones tapizados en cuero y, por ejemplo, pasar la mañana hojeando alguno de esos libracos de geopolítica norteafricana que formaban la biblioteca del antiguo cónsul, y meditar largamente sobre la conveniencia de enviar al Departamento de Estado un nuevo informe sobre las apetencias de tales o cuales potencias en la zona. Pero mejor se asoma uno a cualquiera de las ventanas que dan a los patios interiores y envidia en silencio la parsimonia con la que el jardinero de la casa poda un rosal, o pega uno el oído al animado pero también atenuado coloquio que mantienen los aburridos vigilantes en la puerta. Por eso extraña un poco que, en esta atmósfera mortecina, haya espacio para una sala de recuerdos de los muy ruidosos Paul y Jane Bowles. Entre ellos, un ejemplar de la traducción que el escritor americano hizo de El pan solo -o El pan a secas, como se titula su última versión española-, la novela de Mohamed Chukri, que nunca perdonó a su arrogante colega la parte claramente abusiva que se arrogó de los beneficios que produjera el libro.

En fin. Estas casonas del siglo XIX y principios del XX -pienso en la de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente, mucho más modesta, o en la de don Niceto Alcalá Zamora en Priego de Córdoba, o en la que acoge el Museo Romántico en Madrid- dejan en uno una cierta falsa nostalgia de una forma de vida de alta burguesía a la que uno, desde luego, de haber nacido en esos tiempos, no habría tenido acceso. De no haber nacido en los tiempos de la escolaridad generalizada y de una cierta facilidad de acceso a los estudios universitarios, a uno le hubiera correspondido lo que a Chukri: el pan a secas, cuando lo había, el callejeo, la mera lucha por la supervivencia; y, en el caso de que la propia inteligencia lo hubiera redimido a uno de ese círculo vicioso, la relación siempre problemática con quienes, como Bowles, venían de otras seguridades y comodidades. Me pregunto si, pese al desplazamiento relativo que los niveles de riqueza han experimentado en los países occidentales, las cosas no siguen siendo de ese modo, con el agravante de que los mundos a los que uno no tiene acceso ahora ni siquiera son visibles, como lo era el limpio decoro de aquella burguesía de hace cien años.

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