miércoles, marzo 13, 2013

COMPAÑERO DE VIAJE

Quizá todo se reduzca a que no sabemos envejecer, sobrellevar con paciencia esa especie de conformidad contemplativa que caracteriza, por ejemplo, a los viejos de los pueblos, ésos que visten pantalones de sarga y anacrónicos sombreros que ni siquiera son de su tiempo -que parecen, más bien, exclusivos de ese tiempo sin tiempo de los viejos-, y se pasan la mañana sentados al sol, cuando luce, o en la mesa camilla. Llegamos ahora a la edad de jubilación con ímpetus propios de un adolescente, y con planes similares a los de éstos, aunque mejor provistos de fondos con los que satisfacerlos; y así resulta que, a la edad en la que uno debería sentirse feliz ante la perspectiva de no hacer nada, o tener tiempo para jugar con los nietos, se impone uno el propósito de hacer todos los viajes que quiso hacer y no pudo cuando tenía otras obligaciones, o escribir el libro que dejó para mejor ocasión cuando le atenazaban otras urgencias, o incluso enamorarse... No digo que nada de eso esté mal, pero... Tal vez esté ocurriendo con los sexagenarios lo que con los treintañeros: igual que ahora muchos de éstos actúan y sienten como adolescentes, los viejos han dado en creer que, una vez concluido el engorroso paréntesis laboral, vuelven al punto de partida. Sólo que la biología no se deja engañar, ni hay modo de sobornar la incierta lotería que decide los destinos humanos. Pienso en todo esto a propósito de una inoportuna enfermedad sobrevenida a un muy querido compañero que se jubiló hace unos meses. Entre sus planes no figuraba, desde luego, esta melancólica postración de ahora -y que, al parecer, podrá superar pronto-. Le esperaba una nueva vida. Y se ha encontrado con las vueltas que da la vida a secas. Ojalá todo quede en un susto.

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Lo que me hace plantearme, una vez más, la pertinencia de estos afanes a los que dedico tantas horas. Acaso sería mejor tumbarse al sol, o pasarse la tarde en la barra de un bar acogedor, acompañado de amigos. Pero uno tiene la vida que ha elegido, y sólo ésta puede depararle alguna satisfacción, aunque sea de naturaleza absolutamente intangible. Así que a lo nuestro, que es lo que importa.

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Que sean otros los que tengan la iniciativa. Uno, si acaso, podrá aportar luego su grano de arena, si es que se lo piden; pero que sean otros los que corran con la impaciencia y la ansiedad; que uno, de todas maneras, e incluso desde su condición de simple invitado o compañero de viaje, también experimenta.

1 comentario:

Santiago dijo...

Sin dudas, una vez escrito, te asalta la misma sensación de paz que te proporciona una tarde tumbado al sol, en solitario o en compañía. Lástima que tenga el perfil de una tregua más que el de una paz duradera.