martes, marzo 05, 2013

EL HAFA

Esperábamos que el famoso café El Hafa fuera a ser un sitio para turistas. Todas nuestras referencias apuntaban a eso: un lugar conocido por sus magníficas vistas al Estrecho, por los ilustres visitantes (toda la fluctuante y ambiguamente prestigiosa colonia literaria tangerina, para empezar) que se han sentado a sus mesas y por las repetidas menciones que de él hacen todas las guías turísticas. No es que nada de eso fuera un problema: no hay peor afectación que la que nos lleva a pretender hacernos pasar por lo que no somos; y si nuestros pecados nos han llevado a desempeñar por unos días la apurada condición de turistas, hay que asumirla, y no caer en la tontería de querer evitar a los otros turistas. 

Pero la verdad es que, al menos esa tarde, en el café El Hafa no había ni uno, y sí una nutrida clientela local cuya media de edad rondaba los veintipocos años. No sabría decir si eran estudiantes que habían tomado el café como punto de reunión, o simples vecinos de la zona. Abundaban las parejas, que, en el comedimiento general de gestos que caracteriza la expresión pública de los afectos por estos pagos, parecían regirse más bien por un relajado -e inesperado- principio de camaradería entre sexos. También llamaba la atención el que, en un lugar tan concurrido, apenas hubiera ruido: sólo un apacible trasiego, un rumor de conversaciones asordinadas, apenas más audibles que la nota honda y constante que aportaba el sonido del mar. Faltaba poco para el anochecer y hacía fresco, por lo que preferimos sentarnos bajo techado, aunque junto a unos amplios ventanales desde los que disfrutar del panorama. El resto de la clientela, en general, no temía al relente, y se repartía uniformemente por las terrazas escalonadas que ocupaban el declive hasta el filo mismo del acantilado. 

En el compartimento que habíamos elegido sólo había un viejo; deseoso, como todos los viejos, de pegar la hebra. Nos contó que había estado trabajando en Bélgica durante treinta y nueve años, y que había vuelto a Tánger para descansar -algo parecido, en fin, a lo que hizo hace ocho siglos antes su convecino Ibn Batuta, que, después de ver mundo durante veintitantos años, quiso venir a morir a Tánger y que lo enterraran modestamente en la medina-. El anciano nos orienta respecto a cómo hacer que nos sirvan, aunque tampoco estoy muy seguro de si era estrictamente necesario levantarse para pedir o bastaba con esperar a que el camarero, que portaba una pintoresca bandeja colgante dotada de una especie de soportes circulares para los vasos de té, pasara junto a nuestra mesa. Tiene uno siempre la sensación de que, antes de conseguir la ansiada naturalidad, o invisibilidad, que uno quiere para sí en los lugares que visita por vez primera, hace falta aprehender infinidad de detalles, asumir decenas de gestos que los naturales del lugar ni siquiera saben que son parte de un código exclusivo y no del todo comprensible para los extraños. Pero, a pesar de esto, uno no lo era del todo en el café El Hafa. Y allí estuvimos hasta el filo del anochecer. 

En el camino de vuelta a la medina, tropezamos con el modesto enclave arqueológico que las guías llaman "las tumbas fenicias", que no son más que unas zanjas rectangulares excavadas en la roca, en un repecho del acantilado. Pero lo curioso de este lugar es que ese repecho sirve de punto de reunión a decenas de jóvenes que, en un ambiente de recogimiento parecido al el café que acabábamos de dejar, charlaban entre ellos y miraban el mar. La luz viraba rápidamente hacia un añil intenso, hiriente, casi doloroso. Y lo que dolía era la fugacidad de esa pasajera sensación de armonía entre uno y su circunstancia. Y el no saber cuándo nos sería deparado volver a disfrutarla.

2 comentarios:

Alejandro Pérez Ordóñez dijo...

Me recuerda mucho a mi primera y hasta ahora única visita al Hafa, veo que el lugar y sus visitantes no han cambiado con los años.

José Luis Piquero dijo...

La foto parece talmente un cuadro de Miguel Galano.