jueves, marzo 07, 2013

GENTE


Un diario de viaje de Tánger, o de casi cualquier otra ciudad marroquí -con la excepción, quizá, de la hedonista y despreocupada Asilah-, no puede dejar de mencionar la variopinta gama de personajes que te abordan en la calle con la intención de ganarse unas monedas. Unos lo hacen en calidad de guías improvisados, que se ofrecen a llevarte a tal o cual lugar, y que se sienten decepcionados cuando ven que uno va bien documentado y sabe más o menos a dónde dirige sus pasos; otros, simplemente, actúan como "ganchos" de distintos comercios de cuyos beneficios, supongo, llevan comisión. A esta categoría pertenecía el que nos salió al paso en los límites de la qasba o ciudad alta de Tánger, por donde andábamos buscando el modesto túmulo -las guías lo llaman "mausoleo"- bajo el que descansa el viajero Ibn Batuta. Era muy hábil. Nos dijo que cerca de allí se estaba celebrando un "mercado bereber", en el que podíamos encontrar toda clase de productos típicos de la zona, y que en el centro del mismo había un "palacio de tres plantas" abierto al público. Y lo conmovedor fue que todo esto lo dijo en un español que hubiera podido incluso considerarse fluido, si no llega a estar estorbado por una penosa tartamudez. Mala cosa, pensé, tener que ganarse la vida en la calle a fuerza de labia y padecer al mismo tiempo este engorroso impedimento -y yo sé lo que me digo-. El caso es que lo seguimos, y la meta no era otra -no podía ser otra- que un caserón ocupado por una de tantas tiendas de cacharrería variada, en las que la artesanía local más o menos genuina se confunde y mezcla con la sospechosa quincalla presuntamente exótica que llena todas las tiendas de souvenirs del mundo. M.A., que disponía de calderilla, quiso darle una moneda al improvisado guía, en el momento en el que éste se despedía de nosotros a la puerta del comercio; pero el muchacho, con esa dignidad añadida que suelen asumir quienes padecen alguna tara que los pone en evidencia ante sus interlocutores, rechazó firmemente la propina y dio a entender que la remuneración de su labor "publicitaria" -empleó esa palabra- corría a cargo del comercio en cuestión, y no de los clientes. Naturalmente, no permanecimos en la tienda ni dos minutos; y nos sentimos un poco cariacontecidos cuando, a la vuelta de la esquina, volvimos a encontrarnos con nuestro guía, que evidentemente aguardaba el momento de pasarse por el local para reclamar su comisión.

Unos metros más adelante, pregunté por la tumba de Ibn Batuta en español y francés a un tendero que regentaba un modesto comercio de pan y verduras, y que no me contestó en ninguno de esos idiomas, sino que interpeló en árabe a un vecino, y fue éste quien, también sin hablar, y por supuesto sin las zalemas características de quien espera propina, nos condujo a la casi inaccesible confluencia de calles estrechísimas en la que se halla el túmulo del gran viajero tangerino.

Claro que nadie tan digno en el desempeño de su comercio como el encargado de la tienda de antigüedades que ocupaba una honda dependencia junto al vestíbulo del propio hotel. Era un hombre grueso, derecho, de buena planta, bien vestido. Nos preguntó nuestra procedencia y, cuando le dijimos que éramos de Cádiz, nos nombró a varios notables de la ciudad y nos dijo que conocía muy bien la medina -nos conmovió que empleara esa palabra-, con su catedral, el teatro romano y otros hitos de nuestra geografía urbana. Al día siguiente, durante un breve vistazo que quise echar a su comercio, volvió a repetirme la retahíla, esta vez ampliada a muchos conocidos políticos regionales y nacionales, a los que, después de buscar en mi cara algún gesto cómplice, englobó en un calificativo general poco halagüeño.

Lo que me hizo recordar que, unas horas antes, el taxista que nos había conducido al cabo Espartel nos había estado señalando impertérritamente las lujosísimas fincas a pie de playa que detentan diversos potentados de su país y extranjeros -entre ellos, algún político hispano- en esa bella franja litoral; y que en ningún momento se le escapó ninguna palabra que pudiera entenderse como una crítica o un sarcasmo dirigido contra esa algo indecente ostentación de riqueza, en un país donde las desigualdades sociales y la pobreza son tan conspicuas.

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