miércoles, marzo 27, 2013

LA EMOCIÓN


Estos días que nacen despejados y que, en cuanto uno acierta a formular algún plan para disfrutarlos, vuelven a nublarse.

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Mi nunca explicada -y creo que ni explicitada, hasta hoy- afición al melodrama. Vuelvo a ver la segunda de las dos versiones que Leo McCarey hizo de Tú y yo (An Affair to Remember), la historia de unos enamorados que se emplazan a reencontrarse seis meses después de su primer encuentro, una vez ambos hayan liquidado los compromisos que les atan a sus vidas anteriores, y son víctimas de una de esas extrañas jugarretas que obra la casualidad convertida en implacable destino... Asombra esta película por su naturalidad, por la absoluta falta de énfasis que pone en los elementos destinados a desencadenar la emoción, y el resultado es... que la emoción se desencadena de todas maneras, pero desde resortes más hondos, auténticos... e irreprimibles. Por lo mismo, qué bien funcionan en esta elegante historia los siempre engañosos mecanismos de identificación entre personajes y público; porque, aún sabiendo que no nos parecemos en nada -qué más quisiera uno- a Cary Grant, pongo por caso, o a Deborah Kerr, y nuestras historias personales tienen muy poco que ver con las de estos dos personajes mundanos que, de pronto, se enfrentan al momento de sus vidas en el que han de elegir entre seguir interpretando un papel superficial o hacer caso a sus verdaderos sentimientos, resulta muy fácil para el espectador hacer todos los ajustes necesarios de su propia experiencia para convencerse de que lo que allí se cuenta (una crisis de madurez, al fin y al cabo; un choque entre las expectativas fáciles y la insoslayable realidad) le atañe directamente. Y sale uno de la película, no sólo emocionado, sino fortalecido. Como debía de ocurrirles, supongo, a los espectadores de las tragedias griegas. Sólo que en estos elegantes melodramas del clasicismo hollywoodenses también jugaba un papel importante el humor.

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Leo el descorazonador artículo que Abdeslam Kadiri escribe en Nejma sobre el destino de la herencia física de Mohamed Chukri. En todas partes cuecen habas, en todas partes se firman acuerdos rimbombantes que luego se convierten en papel mojado. Y, mientras, los manuscritos, cuadros, libros y demás patrimonio del difunto se dispersan o deterioran irremisiblemente, y los beneficios que produce su obra van a parar a las manos de quienes, en vida del autor, lo maltrataron o despreciaron. Salvando todas las distancias, se me viene a las mientes el destino del patrimonio y herencia de más de un escritor gaditano, alguno de ellos muy querido para mí.

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