miércoles, marzo 20, 2013

NOVELAS

La onomástica de uno, o la fuerza de una costumbre tan pertinaz como grata. A pesar de que este año cae en día laboral -con jornada doble, además, por coincidir con la ajetreada semana última del trimestre-, de lo antipático del clima -imposible imaginar, con este tiempo, uno de esos multitudinarios almuerzos con amigos al aire libre con los que hace años celebrábamos el día-; y a pesar, sobre todo, del ya casi invencible despego que se ha instalado en la vida de uno respecto a estas cosas, me agrada el mínimo gasto de atención que otros me dedican al acordarse de ponerme un mensaje de felicitación, o la pequeña trama de inocentes furtividades que termina en la entrega de un modesto regalo por parte de mis familiares más próximos. Sería muy desabrido e ingrato un mundo del que desaparecieran por completo estas cosas. Aunque parte de su fundamento, por motivos que sería largo enumerar, se nos escape.


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Pequeña decepción literaria, que sería improcedente detallar demasiado aquí. Dentro de seis meses, cuando lea este apunte, ni siquiera recordaré a qué me refería. Pero ahora escuece un poco. Sólo un poco.



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A raíz de mis ya mencionados treinta años de columnista, y del posible uso que podría hacer de parte de esos centenares, puede incluso que millares, de páginas escritas: por ejemplo, agrupar parte de las columnas "de opinión" escritas desde el otoño de 2007 hasta hoy en un libro que se titularía -ya utilicé este título en una recopilación parcial de esos artículos publicada en la revista ClarínCrisis, una crónica sentimental. Sería, contra lo que pueda parecer, un libro casi poético, y también una especie de novela íntima sobre una crisis no sólo económica, sino, sobre todo, moral y cultural. Claro que ¿querría alguien leerlo? ¿Y qué significaría un libro así dentro de, pongamos, diez años? Pero la clase de cosas que en él se contarían -que ya he contado en los periódicos- seguirían vigentes, sin duda: las desazones de siempre, la mismo mezcla de asombro y expectación ante una realidad cambiante, la constatación del paso del tiempo. Algunos lo llaman "actualidad". Que es el modo en el que se nos manifiestan las cuestiones eternas.



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Reitero últimamente la palabra novela para referirme a según qué agrupaciones de escritos misceláneos, ya sean tramos de estos diarios o recopilaciones de artículos. No pretendo engañar a nadie. Es simplemente que, después de haber escrito casi sin solución de continuidad tres narraciones largas de fundamento autobiográfico, percibo con mucha claridad la trama, digamos, que subyace a cualquier ejercicio de escritura prolongado en el tiempo y convertido, por esos conocidos mecanismos de trasvase que hay entre la realidad y la escritura, en reflejo de las experiencias vividas que articulan ese tiempo. Normalmente, para que ese conjunto de circunstancias se parezca al argumento de una novela, no hace falta más que añadirles un desenlace; o, mejor que añadir, que suena a forzado, simplemente adivinárselo.  

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