lunes, marzo 25, 2013

OLAS


Unas rachas de poniente frío nos azotan la cara mientras recorremos la playa. Viene bien este aire fresco para despejar los vapores del almuerzo. Por lo demás, todo está en su sitio, igual a la última vez que estuvimos aquí: el faro, la desmadejada urbanización de casitas de alquiler y chalés asilvestrados, separados unos de otros por carriles encharcados, las escuetas figuras de los amantes de los deportes acuáticos, con sus trajes oscuros de neopreno, que les dan aspecto de sombras incorpóreas, y su parafernalia de furgonetas bohemias y modales relajados; y el indescifrable jeroglífico que trazan las conchas y las piedras alineadas por la marea, en medio de las que destacan, como caracteres de una significación especial, los envoltorios góticos de los huevos de tiburón, de los que recolecto unos cuantos para ilustrar al respecto a nuestros acompañantes... Hay algo en este lugar que invita al abandono de uno mismo, a pensar que la mejor vida posible sería la que uno podría llevar, sin obligaciones ni horarios, en una choza de cañizo  a la orilla del mar, alimentándose de peces y mariscos recolectados en la escollera. Por suerte, ese ensueño dura lo que se tardan en disiparse los vapores insidiosos de la digestión. Es hora de volver a casa.


***

También junto al mar, pero en circunstancias bien distintas, el viernes por la tarde. Recorro el largo espigón que separa la ciudad de una de las fortificaciones costeras que la defendían en el pasado de posibles ataques por mar. Sopla también el viento, así que me cierro hasta el último botón de la chaqueta y me levanto las solapas. Me llegan, de cuando en cuando, algunas salpicaduras procedentes de una rompiente que tengo a no más de veinte metros. Un día o dos antes, en pleno temporal, hubiera sido imposible hacer este camino sin quedar empapado. En eso han tenido suerte los organizadores del evento artístico -llamémoslo así, por imitar la jerga- que se celebra en el castillo, ahora liberado de su uso militar y convertido, como todo lo que no sirve para otra cosa, en "espacio cultural". Para eso le han lavado la cara, forrado sus desabridas casamatas con paneles e instalado unos lavabos. En uno de ellos, por cierto, en el que entro nada más llegar, se me cae encima, al abrir la puerta, una caja de registro eléctrico adosada al techo panelado. Todo parece frágil, volandero, provisional, como puesto allí sólo para cubrir el expediente de la inauguración y la consiguiente foto. Supongo, no obstante, que todo habrá costado sus buenos dineros. También el objeto mismo de la exposición: unas fotos tomadas a lo largo de toda América del Sur por un par de fotógrafos locales, que para ello han contado con el generoso patrocinio oficial. Hasta el propio ministro que ha venido a inaugurar el evento ironiza al respecto. Claro que es uno de esos ministros campechanos con los que todo gobierno de derechas gusta de adornarse: tal vez por eso, porque el hombre es de los que mejor parados salen en las encuestas de opinión, no ha venido un piquete de inquilinos desahuciados a amargarle el acto; aunque, por si acaso, el espigón está literalmente tomado por la policía, y da un poco de pena ver a todos esos hombres y mujeres que no pueden moverse de su puesto, en el que aguantan estoicamente el viento y las salpicaduras de las olas...

En situaciones más extrañas me he visto. Pero reconozco que, a estas alturas, me sigue asombrando que los patrones por los que se rige el presunto estímulo oficial de la actividad artística apenas hayan cambiando en los últimos tiempos, a pesar de la crisis. Si acaso, el club de los beneficiarios es un poco más restringido, aunque sigue coincidiendo con los que en tiempos más benignos se llevaban lo mejor del pastel. Y no lo digo por estos fotógrafos, uno de los cuales cuento entre mis amigos: ellos, al fin y al cabo, sólo han recogido las migajas. Y la verdad es que este recinto húmedo, someramente vestido para la ocasión y expuesto a los elementos, es una buena imagen de la situación actual: bastaría una ola mal dada para que todo el tinglado se viniera abajo. Pero aguanta, vaya si aguanta.

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