lunes, marzo 04, 2013

TÁNGER


Debe de tener un nombre ese curioso síndrome que hace que en las primeras horas que un viajero pasa en un lugar desconocido se acumulen todas las impresiones negativas -al menos, las de naturaleza superficial- que ese lugar es capaz de deparar; y que, en cuanto el viajero tiene tiempo para asimilarlas y contrastarlas, revelan de inmediato su condición, no ya tanto de juicios precipitados, como de jugarretas del propio subconsciente de uno, afloramiento involuntario de no se sabe qué temores e inseguridades. Así mis primeras horas en Tánger. Llegamos pasado el mediodía, a la hora en que las calles se vacían y el turista siente el apremio de resolver cuanto antes el trámite del almuerzo. Y como el hotel estaba al filo de la medina, nos pareció que lo más expeditivo era cruzarla por su eje principal, el que pasa por el Zoco Chico, que es el centro neurálgico de la ciudad vieja, y salir a la populosa Plaza 9 de Abril, que conecta ya con la ciudad moderna.

Así lo hicimos. Pero, ya digo, a esa hora desolada no quedaban en la medina más que los tenderos y los merodeadores que habitualmente sirven de gancho para atraer turistas a los negocios de los primeros. No era la hora ni el ambiente más propicio para cruzar un laberinto de calles estrechas en compañía de dos mujeres, una de ellas una llamativa adolescente. La situación resulta francamente incómoda; y, aunque no entendemos qué dicen todos estos desocupados entre los que debemos pasar casi rozándolos, el tono y los gestos son inconfundibles; y muy molestos, la verdad. Así que, cuando llegamos al ambiente relativamente más diáfano de la Plaza 9 de Abril, no queremos otra cosa que almorzar cuanto antes y retirarnos al hotel a descansar. Y es en ese momento poco propicio cuando nos aborda un curioso personaje vestido con una especie de bata de barbero que alguna vez fue blanca; y, entre exageradas zalemas, nos ofrece "cerveza fresquita, pescado, pinchitos". Hay varias terrazas a la vista, y pensamos que igual da una que otra, así que aceptamos y lo seguimos. Nos sienta a una mesa en la que ya están dispuestos cuatro salvamanteles de papel manchados de grasa. Y cuando M.A. reclama la prometida "cerveza fresquita", el de la bata blanca se lleva las manos al pecho, en actitud ofendida, y dice que él es musulmán y no sirve cerveza, sólo refrescos. "¿Tú has oído "cerveza" igual que yo?", me dice M.A. Pero es inútil discutir. Ya tenemos las grasientas cartas en la mano. Pedimos un poco al tuntún. Y nos sirven unas ensaladas mustias, un exiguo plato de aceptable pescado y unos incomibles pinchitos de cordero seco y salchichas insípidas; y por todo ello nos cobran el equivalente a tres menús económicos completos en España.


***

Y es por la tarde cuando la ciudad se nos revela en toda su fuerza y dinamismo. A diferencia de otras ciudades, de cuya parte moderna el turista puede perfectamente prescindir, en Tánger hay que recorrer despacio el eje que va de la Place de France hasta el final de la Avenida Mohamed V, y empaparse de esa bien calibrada mezcla de moderna ciudad europea y abigarrado hormiguero humano típicamente magrebí. El ingrediente tradicional lo ponen los puestos callejeros que flanquean la rue Salah Eddine Al Ayoubi y alrededores, incluyendo una empinada calle escalonada que desemboca, como por arte de magia, en las estribaciones de la Place de France y en la muy acogedora confitería La Española, donde reparamos el desaguisado del almuerzo. Ya repuestos, enfilamos el elegante boulevard Pasteur. Previamente le había confiado a M.A. mi deseo de entrar en alguna librería, como suelo hacer en todos mis viajes. Y, como por milagro, a los pocos metros aparece ante mis ojos el pulcro escaparate de la Librairie des Colonnes... A lo acontecido allí mejor dedico otro apunte. Baste decir ahora que, a partir de ese momento, me sentí en Tánger como en casa.


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Escribo todo esto ya a la vuelta. La climatología en este puente festivo entre febrero y marzo hizo honor a lo impredecible de estos días de transición entre lo más duro del invierno y los barruntos de la primavera. El jueves llovió a cántaros; el viernes hizo un sol espléndido, que nos animó a comer en un restaurante al aire libre en las proximidades de las Grutas de Hércules; el sábado, por último, sopló con especial inquina el viento de levante, que hizo que salieran menos ferries de lo previsto y que hiciéramos el viaje de vuelta en uno que parecía que iba a romperse de un momento a otro  bajo los embates de las olas, y que llenaba hasta los topes una multitud que se tambaleaba y vomitaba al unísono, como la de cierto poema neoyorquino de Lorca... No, no tiene uno aptitudes de marino. 

Entre la accidentada llegada y la no menos accidentada despedida, el espacio necesario para que una ciudad despliegue esa clase de atractivos que le hacen desear a uno ser algo más que un simple visitante: vivirla, más bien, trabajar en ella, ser parte, aunque sólo sea por unas semanas, de su entramado y circunstancia. Tengo el presentimiento de que, en el caso de Tánger, este común hechizo que ejercen ciertas ciudades terminará concretándose en algo más que un deseo. A ver.

1 comentario:

Santiago dijo...

Comparto ese deseo de vivir una temporada en las ciudades que uno está de visita; es muy frustrante ese turismo interruptus, si me permite la expresión.