miércoles, marzo 06, 2013

UNA LIBRERÍA




La fauna literaria de Tánger... No los he frecuentado mucho, la verdad; y, si lo hago a partir de ahora, será por ese conocido reflejo que hace que leamos con una especie de intensificada receptividad los textos que hablan de lugares que tienen alguna significación personal para nosotros, aunque lo que se cuente de ellos tenga poco o nada que ver con nuestra propia circunstancia. Quizá por ello sea ahora el momento de abordar algunos libros de Bowles que hace años que tengo en dique seco, a la espera de una ocasión para leerlos; por lo mismo que, llevado por un extraño impulso de captación literaria del lugar, compré en el propio Tánger, en la reputada y añeja Librairie des Colonnes, que es también editorial, un ejemplar de Zoco Chico, la novela de Mohamed Chukri (o Choukri) que tiene como título la denominación española de la plaza más conocida de la medina, en la que está el famoso Café Central y otros reputados hitos de la topografía literaria local. 

Leí la novela casi de un tirón esa misma noche, en el hotel. Me recordó las elucubraciones parisinas de Henry Miller: callejeo y sexo, mezclados con divagaciones más o menos oportunas sobre todo lo divino y lo humano. Pero lo que diferencia al tangerino del norteamericano es, quizá, la naturaleza de la rabia que dicta ese casi inacabable desahogo verbal de largo aliento: la de Chukri, en cualquier caso, parece mejor fundada, más auténtica, como corresponde a la experiencia de un hombre que aprendió a leer y escribir a los veinte años y en apenas unos lustros fue capaz de poner en pie una obra literaria que hablaba de tú a tú a sus referentes occidentales. 

A la memoria de Chukri y otras divinidades mayores y menores del panteón tangerino parece estar dedicada la ya mencionada Librairie des Colonnes, sita casi al final del Boulevard Pasteur, donde esta arteria cambia de nombre y se convierte en la populosa Avenida de Mohamed V, que a su vez se convierte poco después en la Avenida de España. Es el eje de la ciudad moderna, el decorado en el que los nostálgicos del Tánger cosmopolita anterior a la independencia de Marruecos reconocen la que fue su ciudad. O no tanto: una compañera mía, nacida en ese Tánger internacional, me cuenta el disgusto de sus padres al visitar, años después de su partida, el moderno edificio de apartamentos donde habían vivido: el hueco de los ascensores estaba sellado con tablas, y el edificio entero era una gloriosa ruina... No sé si esa imagen se puede generalizar a todo este hermoso muestrario de edificios modernos que abarcan la historia de la arquitectura de los últimos tres cuartos de siglo, desde el art decó hasta el imponente racionalismo que prosperó a finales de los cincuenta. Algunas fachadas hablan de descuido y abandono, otras no tanto. 

Pero me estoy desviando de mi asunto. La pulquérrima Librairie des Colonnes, decía, asoma discretamente sus vitrinas color haya entre los escaparates más vistosos de otros comercios del Boulevard Pasteur. Y ya desde el escaparate adivina uno el lugar preponderante que el panteón local, y la literatura árabe moderna en general, ocupa en sus fondos. Chukri, Bowles, también el libanés francófono Amin Maalouf, etc., entre una bien escogida selección de textos en francés, inglés, español y árabe. Pregunté por la sección de poesía y no me extrañó lo que me mostraron: el característico estante de libros desasistidos, demasiado delgados, alguno de ellos con la rudimentaria encuadernación y tipografía de las ediciones modestas. No me interesó demasiado. También pregunté por los libros de Chukri, cuya posición predominante en el escaparate ya había advertido. Y un amabilísimo dependiente -del que luego supe que es escritor- me mostró algunos títulos, un álbum con fotografías y el número monográfico que le ha dedicado la revista Nejma, que edita la propia librería, y que también compré, y que me sorprendió por no incurrir en el habitual tono laudatorio que suele darse en este tipo de publicaciones, y por ofrecer, a cambio, un cumplido mosaico de testimonios muy ilustrativos sobre el fermento literario que conoció Tánger en los años en los que el novelista alumbró su obra. Entre sus coetáneos y compañeros de andadura me agradó encontrar, por cierto, aparte del sempiterno Paul Bowles, a nuestro Ángel Vázquez, autor de La vida perra de Juanita Narboni, la espléndida aportación española al corpus literario tangerino.

No, no fue una tarde desaprovechada. La tengo aquí entera, guardada en la pila de libros que ocupa ahora mismo mi mesa.

1 comentario:

Rajae Boumediane El Metni dijo...

Interesante artículo. La librería de Colonnes fue y es el icono cultural de Tánger.