jueves, abril 04, 2013

AGRAVANTES

En cualquier crimen, la estupidez debería considerarse siempre un agravante. Y ello, aun a riesgo de incurrir en una redundancia, porque pocos son los crímenes sobre los que no gravita la sospecha de que, en última instancia, no son otra cosa que pura estupidez, a pesar de que esta consideración complicaría notablemente la aplicación de las posibles penas; porque, si algo tiene la estupidez, es que suele ser irredimible.

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Acudí al quiosco, como era preceptivo, a primera hora de la mañana, y ahí estaba el nuevo periódico: replanchado, limpio, con olor a tinta fresca todavía. Me llevé tres ejemplares, uno para mí, otra para una compañera y un tercero para dejarlo olvidado en la sala de uso común y que los compañeros lo hojearan. Me acordé de ese momento de Qué bello es vivir en que George Bailey compra una resma del periódico en el que se anuncia que su hermano, héroe de guerra, regresa a Bedford Falls y será allí recibido con los honores correspondientes; lo que sucede poco antes de que se desencadene la sucesión de acontecimientos que determina el angustioso clímax dramático de la película. También en esta jornada de hoy, al poco rato de ese esperanzador comienzo, se desencadenó una de esas extrañas e inquietantes cadenas de noticias y sucesos que termina causando en sus receptores esa penosa sensación de suspensión de la realidad que preludia el comienzo de una pesadilla. No sabemos aún cómo terminará, y lo único seguro que se puede decir sobre la misma es que en ella se une la estupidez aparejada a la maldad en los muy jóvenes y la escalofriante falta de perspectiva moral con la que el círculo inmediato a los afectados suele juzgar lo sucedido. Gajes del oficio, supongo. El caso es que aún me dura el malestar. Y casi me alegro de que así sea, porque lo contrario, la insensibilidad, sería lo verdaderamente preocupante.

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Me he suscrito al boletín informativo de cierta prestigiosa institución cultural española que tiene sucursal en Tánger; no por nada, sino porque me divierte imaginar cómo sería mi vida si me diera por expatriarme allí unos meses: me apuntaría, por ejemplo, a algún curso de artesanía local, que alternaría con la puntual asistencia a alguna que otra conferencia sobre literatura española contemporánea... Y luego me iría a El Hafa a ver atardecer, entre la multitud de veinteañeros que se arroba en esas terrazas escalonadas ante la visión del Estrecho; y a meditar complacido sobre lo poco y lo mucho que significan esas pocas leguas de agua, que bastan incluso para que la propia cultura española, que se supone potentísima y universal, parezca algo lejano y provinciano, y por eso mismo... entrañable.   

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