martes, abril 09, 2013

BIGAS



He aquí el breve texto que publiqué el domingo en El Independiente, como "apoyo" a la noticia que daba cuenta de la muerte del director de cine Bigas Luna. Me hicieron el encargo el sábado al mediodía, y me apremiaron a que lo entregara a media tarde, así que lo escribí en el hueco de la siesta. Valga como homenaje -aunque no necesariamente acrítico- a este singular cineasta. 

BILBAO: EN TORNO A UN JUGUETE ROTO

Las películas de Bigas Luna no dejaban indiferente a nadie. Podían irritar, o causar esa especie de impaciencia que asociamos a lo diseñado en función de los gustos y el humor particular de determinados públicos semicultos: por ejemplo, toda esa larga, y a ratos tediosa, broma en torno a los tópicos del casticismo ibérico, constituida por la trilogía que formaron Jamón, jamónHuevos de oro y La teta y la luna. Pero, incluso en sus momentos más discutibles, en el cine de Bigas Luna aflora siempre un elemento de sorpresa y redescubrimiento: el del paisaje de Los Monegros, por ejemplo, en la primera de esas películas; o la personalísima reinterpretación del universo felliniano que supuso la última.

Antes vino la etapa experimental en la que Bigas maduró su personal estilo, y de la que merecen recordarse la terrorífica Caniche, la descarnada Lola o la todavía enigmática y perturbadora Bilbao (1978). Esta última –a estos efectos sólo comparable, quizá, a Arrebato, de Iván Zulueta– es una de esas películas que, sin declararlo explícitamente, reflejan con exactitud el clima y sentir de una época.

Estrenada en el mismo año en el que se aprobó la actual Constitución democrática, y beneficiaria de todas las libertades inherentes al nuevo clima político, Bilbao habla, sin embargo, de seres que habitan un limbo moral abocado en último extremo a la violencia. La fascinación (¿amor?) de Leo por la prostituta “Bilbao” era, aunque no lo sabíamos entonces, la que todos los españoles sentíamos hacia lo que parecía una magnífica oportunidad para reinventarnos como personas y ciudadanos. El sida en los años ochenta, el atentado contra las Torres Gemelas al inicio del nuevo siglo y la actual crisis económica se han ido encargando de desmentir esas expectativas. Como al protagonista de la película, el juguete se nos ha muerto entre las manos. Y casi no nos hemos dado cuenta.

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