lunes, abril 01, 2013

CABOS SUELTOS

Demasiados cabos sueltos. Aceptando la convencional división del año laboral en tres tramos, de vacación a vacación, el que ahora empieza está lleno de interrogantes. Hagamos aquí mención solamente de los literarios. Cuando empecé en esto, me causaba no poco asombro que gran parte de la escasa actividad impuesta que recaía sobre mí en relación a estos afanes se concentrara en los meses de primavera. Resultaba incluso demasiado tópica esta correlación entre la dedicación a la literatura -entonces, casi exclusivamente a la poesía- y la época del año en la que en otros tiempos se celebraban los juegos florales y otras cursiladas, y en la que el imaginario popular suele ubicar la eclosión de emociones que fácilmente terminan dando pábulo a las efusiones líricas, digamos... Y aquí estamos otra vez, casi predispuestos a los juegos florales -o lo que sea- que hayan de traer consigo esta primavera. Mejor tomárselo así.

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Y una nueva rutina, que adivino grata: a partir de esta semana, habré de dedicar preferentemente la tarde del miércoles a escribir la columna que publicaré el viernes en el nuevo periódico. Uno conoce ya el percal: lleva treinta años en ello. Aún así, cuando se cumple el plazo y no hay más remedio que sentarse a escribir el artículo que otros esperan en día y hora fijos, siempre se siente la misma duda, la misma incertidumbre sobre si uno será capaz o no de cumplir el compromiso adquirido. En ello cuentan también las supersticiones, que no son sino cristalizaciones algo temerarias de las certezas que uno va adquiriendo con la práctica. Por ejemplo, la convicción de que el artículo bueno es el que sale en poco más de veinte minutos; y que, si no es así, si uno se enreda y tarda una hora u hora y media en resolver la papeleta, el resultado podrá convencer o no a otros, pero uno lo sabe plagado de costurones y cicatrices. Más o menos, como ocurre con los poemas.

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"La literatura buena es ésa que publican las pequeñas editoriales y no deja un duro a nadie. Lo mío es otra cosa", me dice este amigo novelista, autor de dos novelas que han tenido un cierto buen pasar y le han hecho concebir fundadas esperanzas de poder vivir de la escritura. Y se me antoja que esta declaración aparentemente cínica obedece más bien a una especie de cautela, como si este buen amigo se creyera obligado a precaverse de algo que, después de todo, no tiene por qué ser como el mismo cree. 

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