lunes, abril 29, 2013

DIOSES DEL MERCADILLO

No, nunca faltan hallazgos curiosos en este mercadillo de los domingos. Y aunque no siempre se anima uno a dar el euro o dos que suelen pedir por ellos, bien que los merecen, siquiera sea por lo que dan que pensar, por las historias que uno intuye tras ellos, por el azaroso curso que cabe atribuirles. Como este ejemplar del más conocido de los libros de la poeta J.C., con una exaltada dedicatoria, no de la autora, sino del que imagino su comprador, y dirigida al destinatario final del regalo. Pregunto cuánto vale. "Lo que usted quiera darme", me dice el vendedor. "Hoy la cosa está chunga". Y aunque no soy muy lector de esta poeta, entiendo que el libro, que es correcto y a su manera hermoso -como lo son ya, embellecidos por el tiempo, muchos de los que escribieron aquellas diosas blancas de la poesía española de los ochenta, que tan poco me gustaban en su día-, entrego un óbolo piadoso a este hombre y sigo mi camino. Para tropezar, unos metros más adelante, con una caja de discos de vinilo entre los que me sorprende encontrar al menos una decena de elepés de música bailable de los ochenta, casi todos a cargo de chicos guapos o lo que llamaban boy bands, tan del gusto del público gay de entonces y de ahora: Matt Bianco, Robert Bolton, los alemanes de Modern Talking -está casi la discografía completa-, los españoles OBK... El dueño de todos estos discos, pienso, bien podría haber asomado la nariz en alguna página de mi Ronda de Madrid, mi novela sobre aquella década: tal vez en las que dediqué a un movido guateque en una casa de squatters en Brixton, o en el que, hacia el final de la novela, tiene lugar en un piso de Lavapiés. Así que, por consideraciones entre fetichistas y piadosas, entrego también mi óbolo -esta vez, un billete de cinco euros- a cambio de tres discos, mientras cruzo los dedos para que no estén rayados. 

Pero todavía faltaba el hallazgo final. ¿Que saben los dioses del mercadillo de mis lecturas de las últimas semanas? Pero ahí está, mirándome sesgadamente desde la cima de una pequeña pila de libros alzada entre unos pies de lámpara deslucidos, unos enchufes traídos de un derribo, una decena de cargadores de teléfono móvil y otros desechos simulares, el ejemplar de Se enciende y se apaga la luz, la novela con la que el tangerino Ángel Vázquez ganó el premio Planeta en 1962, sin que eso le valiera para exorcizar su destino de escritor marginal y maldito. Tánger en el mercadillo de libros de Puerto Real. M.A. me dice: "Te ha cambiado la cara". Y es que, si de algo estoy seguro, es de que esta sucesión de encuentros no puede deberse al mero azar.

2 comentarios:

Tiemann Pl. dijo...

¡Uy, los mercadillos! Aún recuerdo el día en que tropecé, en pleno enamoramiento, con un librito de lomo deshilachado en cuya tapa, escrito con un bolígrafo, ponía:
Campesinos
Anton. P. Chejov
El vendedor, experto en su oficio, me leyó en la cara el deseo y me lo hizo pagar bien caro.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, lo mejor en estos casos es poner cara de póquer. A mí casi me traiciona el respingo que di al ver el libro de Ángel Vázquez. Por suerte el vendedor no se dio cuenta.