lunes, abril 15, 2013

EDITORIALES



Ya está en imprenta mi último libro, La novela de K., que es también el primero de una nueva editorial, Dos Mil Locos Editores. Sus responsables son de los que, ante el panorama general de parálisis, han decidido no cruzarse de brazos y hacer algo, invirtiendo en ello su tiempo, sus ilusiones... y su dinero, porque, a diferencia de quienes tomaban esta clase de iniciativas hace apenas unos años, su apuesta no se sustenta en la posibilidad de obtener tales o cuales subvenciones públicas, sino en la de vender su producto y recuperar la inversión. ¿Lo lograrán? Siendo el producto un libro mío, ay, no me hago demasiadas ilusiones, porque debo de ser el autor español vivo que, con una obra extensa a sus espaldas y un cierto -relativo, más bien- reconocimiento, menos vende. Claro que eso también puede deberse a las inercias y querencias de la etapa que acabamos de dejar atrás, en la que uno fiaba la suerte de sus libros a los mecanismos más o menos viciados de un sistema caduco. Ahora está uno dispuesto a pregonar su libro por las calles, si hace falta, y a leerles páginas enteras a públicos escépticos con la esperanza de convencerlos de que, si se llevan el libro a su casa, no les defraudará, como creo que no lo han hecho -y discúlpeseme la aparente inmodestia- los escasos ejemplares de mis otros libros que han encontrado lectores.

Y ya tenemos asunto para distraernos en lo que queda de año.



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Este A.B., del que ya he leído un par de traducciones, y del que sé que es también novelista de cierto renombre, no deja de desconcertarme. Como traductor, no es malo, y se ve que se mueve con soltura en el mundo de los autores anglosajones que vierte al castellano; pero en las dos traducciones que le he leído incurre en errores garrafales, que causan no poco sonrojo ajeno incluso en quien quisiera perdonárselos. En la que hizo de Thomas de Quincey, por ejemplo, tradujo la palabra inglesa bar -que en el contexto en el que aparece significa "abogacía", refiriéndose tanto a la institución como al oficio de quienes la ejercen (de ahí barrister, "abogado"), como "bar", en el sentido de establecimiento donde se sirven bebidas alcóholicas; y, al traducir una referencia del autor al coro de brujas que abre Macbeth, lo hizo refiriéndose a éstas con un pronombre masculino, lo que daba a entender que no había reconocido una alusión tan transparente. En el libro que ando leyendo ahora los errores son menos graves, pero también reconocibles: old-maid ("solterona") lo convierte en "anciana virgen"; los charcos que se forman en la orilla los convierte en "piscinas", etc. Y, además, incurre en dos o tres flagrantes faltas de ortografía, como escribir alagada por halagada... Aún así, creo que merece cierta disculpa. Hubiera bastado que un buen corrector de pruebas o un editor responsable hubieran leído atentamente su texto para que estos errores hubieran sido detectados y subsanados. Y el resultado, teniendo en cuenta que los textos en cuestión son muy legibles en general, hubiera sido excelente. Ha fallado, entiendo, uno de los pasos del mecanismo editorial: el que corresponde al editor. Y eso se paga.



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La gente nos miraba, como diciendo: ¿y éstos de qué protestan? Pero aquella nutrida congregación de personas que marchaba por las calles de Cádiz durante la mañana del sábado sólo protestaba, si acaso, contra el olvido que podría recaer sobre la obra del autor homenajeado si nuevas generaciones de lectores no acuden a sus libros. Desfilábamos -hora es ya de decirlo- en homenaje a Fernando Quiñones; e íbamos parando, a modo de vía crucis festivo y laico, en diversos puntos de la ciudad a los que él se había referido en sus obras, y en cada uno de ellos se leía un texto, se cantaba una canción o se pronunciaban unas palabras. En uno de ellos hubo incluso un librero que regaló ejemplares de un librito del autor que editó un periódico madrileño para ofrecerlo como obsequio en su edición dominical, y del que sobraron algunos cientos de ejemplares que el propio autor confió a ese librero para que los regalara a quienes él creyera conveniente... ¿Bastará todo esto? ¿Generarán estos actos cívicos una renovada demanda de los libros -en mi opinión, todavía vigentes- de Fernando Quiñones? ¿Se animará algún editor a reeditar los ya agotados o inencontrables? Ésa es la cuestión. En la mano llevaba yo, para servirme de él en mi lectura, un ejemplar de Crónica personal, la antología de la poesía de Quiñones que hice para la entonces muy activa -hoy ya no tanto- Fundación Lara, del grupo Planeta. Por ahí debo de tener guardada la carta en la que este grupo editorial me anunció, pasados uno o dos años de la publicación de este libro, que los ejemplares no vendidos iban a ser guillotinados y convertidos en pasta de papel. Pienso que, en un día como el de ayer, unos cuantos ejemplares de esa antología que quise que fuera lo más completa y mejor argumentada posible hubieran podido ganar nuevos lectores. Pero...
 

1 comentario:

Tiemann Pl. dijo...

Suerte con La novela de K.
Seguro que será una buena novela.
Paco