jueves, abril 18, 2013

MAGGIE



Mientras ella dejaba su impronta en la política del continente, nos divertíamos… Quiero decir que el periodo en el que la hoy recién fallecida Margaret Thatcher gobernó su país se correspondió con la década en la que, para mi generación, la autonomía personal que generalmente se alcanza en torno a los veinte años coincidió con la generalización de toda una serie de libérrimos usos y costumbres garantizados por la recién estrenada situación democrática. Y no sólo en España: si aquí reaccionábamos contra décadas en las que las aspiraciones de la juventud consciente se expresaban en términos exclusivamente políticos, y reivindicábamos más bien una cierta manera de entender el goce de vivir, en el resto de Occidente se trataba de olvidar la seriedad de caballo de los herederos del mayo francés; o, al otro lado del Atlántico, la de quienes cifraron sus esperanzas en parar una guerra, la de Vietnam, cuyo mero cese, sin embargo, no bastó para cauterizar las heridas abiertas.

Nos divertíamos, ya digo. Los ochenta fueron nuestra década. Y mientras, ella y otros como ella –el norteamericano Ronald Reagan, por ejemplo– constataban el hecho de que el comunismo, el gran espantajo ante el que había temblado la Europa liberal, tenía los pies de barro. Y mientras aguardaban tranquilamente su derrumbe –acelerado por algunos casuales hechos externos, como la oleada católico-sentimental desatada por el papa Wojtyla en su patria polaca, entonces comunista, o la carísima apuesta de Estados Unidos por llevar la Guerra Fría al espacio, en lo que se llamó la “guerra de las galaxias”–, se plantearon si el oneroso sistema de beneficios sociales del que Occidente se había dotado para exorcizar el fantasma comunista seguía siendo necesario. La respuesta fue negativa: consecuentemente, procedieron a iniciar su desmantelamiento. Dicho y hecho. Y nosotros, mientras, de resaca. Todavía nos dura.

Publicado el pasado viernes en El Independiente. Mañana, 
en la edición en papel, un nuevo artículo en mi sección Señales de humo.

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