martes, abril 02, 2013

MALLAS

A poco que sale el sol, sale también a la calle el despreocupado cortejo que se despliega  a lo largo del paseo marítimo en estas tardes apacibles. Unos pasean al perro, otros a un niño; unos llevan un trote vagamente deportivo, otros andan como si mientras lo hacen fueran desgranando los más graves arcanos del pensamiento; unos llevan el porte melancólico de los viejos, otros el gesto arrogante de la juventud gloriosa, la que luce espléndidas melenas e imprime con su vigorosa marcha una vibración tentadora a las carnes prietas. Los hay, también, que se afanan en borrosas tareas de desocupado, tales como calafatear una barca en alguna de las rampas que dan acceso a la rada; por no contar, en fin, a los ciclistas, patinadores, motoristas y demás partidarios de ir lo más rápidamente posible a ninguna parte, sólo por el placer de ir. 

Yo no tengo perro; mi hija, a la que también paseé en tardes de sol como ésta, tiene ya otros pareceres respecto a la compañía de sus mayores; no soy joven ni viejo -sobre esto podríamos discutir-, pero nunca he tenido la tentación de lucirme por las calles a paso atlético, ni tampoco soy de los que acompasan fácilmente el paso al ritmo de sus pensamientos, porque voy siempre como con prisas a todas partes... Eso sí, tengo mi oficio de desocupado, pero éste rara vez consiente que lo ejerza al sol, y casi siempre me obliga a estar sentado ante un baile de letras en una pantalla luminosa, con el balcón al lado y toda esa humanidad desfilando a mis pies como en una especie de carnaval improvisado. Y se me va la vista -y no por lo que alguno podría pensar- detrás del trote de una rubia ceñida en unas mallas fosforescentes...

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Lo más curioso de la actual crisis coreana es que entra uno en los foros virtuales donde se discute la cuestión y encuentra, no a uno, sino a una decena de contertulios que se declaran comprensivos con las actuaciones del lunático que ha declarado abiertamente su intención de emplear armamento atómico contra sus vecinos. La culpa de todo, dicen, la tiene el imperialismo yanqui... Y es que, con todo lo que ha llovido, Corea del Norte es lo único que les queda, o casi.

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Y que conste que, dada la deriva que ha tomado el capitalismo desde que se disolvió el bloque de países que contrarrestaba su influencia, ya quisiera uno que éste hubiera de vérselas con un verdadero contrapoder, que fuera algo más que las fanfarronadas -muy temibles, por cierto- de un villano de opereta cubierto de entorchados y medallas. 

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