lunes, abril 08, 2013

PLAYA, SANATORIO, BURDEL


Me gusta mucho el fragmento de La vida perra de Juanita Narboni -hablo de la novela, no de la película- en el que la protagonista se siente presa de todas las miradas mientras reza a San Antonio en la iglesia de la Purísima, en la rue Es-Siaghine (o calle de los Plateros), que es el eje de la medina de Tánger, y sale de allí sin saber qué rumbo tomar, para enfilar la calle de la Tenería y pasar por delante del cine American justo  a tiempo de mezclarse con el público que aguarda a la puerta -muchos de ellos, marineros de una de las escuadras que permanece atracada en el puerto-, y huir de allí despavorida y pasar por el Zoco Chico, donde en ese momento hay un altercado entre la clientela de Casa Fuentes -lugar de encuentro de los exiliados republicanos españoles- y la del Café Central -lugar favorito de los "nacionales", que ahora controlan la ciudad, temporalmente ocupada por el ejército franquista-. Definitivamente asustada ante el panorama humano de estas calles concurridas y no siempre recomendables -"¡Cuánto pecado! ¡Dios santo, cuánto pecado!"-, ofrece una propina de cinco francos a un desocupado para que la escolte a su casa... Me agradan estas escenas de callejeo que tanta vida dan a una novela, y que tan gratas son de revivir imaginativamente cuando uno mismo ha hecho alguna vez el mismo itinerario. En mi Ronda de Madrid hay varias páginas de ese estilo, no sé si logradas; pero, en todo caso, su escritura tuvo al menos la virtud de hacerme sentir casi físicamente en el escenario de mi historia. Imagino a Ángel Vázquez sintiendo -viendo,oliendo- las calles de su ciudad natal, que ya no volvería a pisar, mientras escribía su novela en ese Madrid donde tan mala vida tuvo, y donde murió alcoholizado y pobre en 1980.


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A él, desde luego, no se le puede aplicar la justificada descalificación que su amigo Mohamed Chukri hace del turista literario tangerino: "Son muchos los que han hablado o han escrito sobre la ciudad basándose únicamente en quimeras, en pasiones y placeres, en fantasías. Para todos ellos (...) Tánger no resultó ser más que un burdel, una hermosa playa o un confortable sanatorio". Tiene razón, supongo, y en mi descargo sólo quiero aducir que, dadas mis costumbres generalmente morigeradas, la buena salud de la que todavía, gracias a Dios, gozo y el hecho de que mi primera visita a la ciudad tuvo lugar en pleno invierno y con un tiempo de perros, ni visité burdeles ni fui a la playa ni me entregué a los placeres del reposo terapéutico... Prolongo ahora las impresiones de mi corta excursión a través de los libros; entre ellos, los del propio Chukri. Y me siento -qué voy a hacerle- tan habitante de esa ciudad como, en su día, lo fui del Dublín de Joyce, el Nueva York de Dos Passos o el Madrid de Galdós y Baroja...


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A las mujeres se les nota ya la primavera (ya era hora, después de tantos días grises); y a los hombres también, supongo, aunque de manera distinta; o no tanto, quién sabe.

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