miércoles, abril 10, 2013

SARA MONTIEL Y 'AQUEL HOMBRE DE TÁNGER'


Casualmente, la noticia de la muerte de Sara Montiel me llega justo el día en que termino de ver -confieso que veo las películas en dos, y a veces hasta en tres partes, antes de que me venza el sueño-  Aquel hombre de Tánger, una curiosa coproducción hispano-norteamericana de 1953, codirigida por el prolífico Luis María Delgado y un tal Robert Elwyn, del que no tengo ninguna otra referencia. En esta película la actriz manchega hacía un papel que parecía calcado del que le tocó interpretar en Locura de amor: una mora sensual y malvada, que intenta asesinar a la protagonista. Pero lo que verdaderamente llama la atención de Aquel hombre de Tánger es su escabroso argumento, muy sorprendente, pese a sus muchas elipsis y veladuras, en el muy recatado y moralista cine español de la época. La protagonista, interpretada por una tal Nancy Coleman, es una millonaria caprichosa que huye de su estricto Boston natal para perderse en farras nocturnas por toda Europa, y en una de ellas se reencuentra con un enigmático aristócrata a quien había conocido en el avión, y que la arrastra a Tánger, donde la emborracha y se casa con ella, para luego desaparecer misteriosamente en un aparente secuestro nunca aclarado. Al buscar a su marido, la bostoniana descubre que éste había usurpado la personalidad de un conde tronado que vive de estafar a los turistas en la ciudad norteafricana. Para salvar las apariencias, convence a éste, a cambio de dinero, para que se haga pasar por su marido durante unas semanas, las necesarias para obtener la anulación del matrimonio... Como se ve, un argumento tan folletinesco como propicio a los sobreentendidos y ambigüedades. Y ahí es donde encontramos a nuestra Sarita Montiel, en lo que fue, mucho antes de sus apariciones en Veracruz y Yuma, su primer papel con pretensiones internacionales.

Pero lo que me llevó a ver esta rareza fue, como es de suponer, mi actual querencia hacia Tánger. En los años cuarenta y cincuenta la ciudad sirvió de pretexto a numerosas películas de intriga y espionaje, la mayoría de ellas más o menos emparentadas con la célebre Casablanca de Michael Curtiz. En ellas, de Tánger no suelen aparecer más que unos pocos planos generales (normalmente, la medina vista desde el puerto), y luego el resto transcurre en decorados más o menos exóticos, salpicados de vez en cuando con planos que muestran rótulos de locales nocturnos con nombres como Morocco y demás, para dar impresión de cosmopolitismo y ambiente crapuloso... Pienso de nuevo en Chukri y en su rechazo de esa tópica imagen de su ciudad; en la que, además, los nativos suelen salir muy mal parados y, como la mora que interpreta Sara Montiel en esta película, no son más que arquetipos de perfidia más o menos oriental.


Pero estas películas tienen también su encanto, qué duda cabe. Y a veces deparan personajes curiosos. No deja de tener su atractivo, por ejemplo, el granuja que se hace pasar por marido de esta millonaria descarriada, y que vive de vender perfumes falsos a los turistas. Hay algo de verdad en él, siquiera sea por su desvalimiento de personaje de la calle, condición que hermanaba -y hermana- en Tánger a los nativos con no pocos visitantes. La película da a entender que este conde vive amancebado con la tal Aixa, la mora interpretada por Sara Montiel. Y quizá sea esa la verdadera función del elemento tangerino en la historia: hacer posible un mundo donde tales transgresiones forman parte de la vida normal; y que para el espectador europeo o americano -y desde luego, para el español- estaban vedadas. También nuestra Sarita -como figuraba entonces en los créditos- fue parte de esa fantasía. Y de muchas otras, claro.  

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