miércoles, mayo 22, 2013

CALORES

Entre palmera y palmera, esos tres adolescentes han extendido una de esas cintas que se usan para acotar obras y recintos cortados al paso, y sobre ella prueban a hacer ejercicios de funambulismo. No lo hacen mal: los tres -una chica, dos chicos- consiguen recorrer sin caerse más de la mitad de la extensión de la cinta. Los veo desde mi ventana, vagamente molesto, no sé por qué. La verdad es que no hacen daño a nadie, ni siquiera a las palmeras, que son gruesas y no parecen sufrir por ese trato quizá un tanto abusivo. Quizá el motivo de mi incomodidad sea una vaga añoranza: ahí, dedicados a un ejercicio perfectamente inútil, se les ve inmensamente relajados y felices. Tal vez, me digo, se les podría reprochar que no estén estudiando, como corresponde a la fecha. Pero qué demonios. Ya quisiera yo que algún que otro ejercicio de funambulismo figurado que efectúo al cabo del día me resultara tan satisfactorio. Aunque a mitad de camino diera, como ellos, con mis huesos en el césped.  


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Una demostración práctica de la inutilidad de las pomposamente llamadas nuevas tecnologías es el tiempo que se tarda en hacer la declaración de la renta. Hace veinte años, cuando se hacía a mano y uno tenía que efectuar en persona todas las operaciones, consultar tablas para calcular la cuota resultante, etc., se tardaba más o menos... una tarde entera. Y ahora que todos los datos se descargan de Internet y un programa informático hace todas las operaciones, se tarda... una tarde entera también. Y eso es lo que hemos adelantado.

Claro que, a lo mejor, el problema es que el cómputo del tiempo por tardes no es muy preciso que digamos. Para quienes entendemos que una tarde libre es aquella en la que uno dispone de un cierto número de horas sin interrupciones -en las que, por ejemplo, escribir una página como ésta, leer un poco, darle vueltas a alguna idea pendiente, bajar a comprar fruta, etc.-, cualquier obligación sobrevenida supone, en la práctica, la anulación de ese espacio y esas perspectivas concretas. Después de cumplimentar la declaración de la renta, por ejemplo, a ver quién es el guapo que se enfrenta con la mente despejada al disfrute de lo que le quede de tarde. En el cómputo general -tan abundante- de las horas desperdiciadas en tareas absurdas o insatisfactorias, esa tarde cuenta ya como una más. Y no hay quien la salve; por más que, gracias a la informática, nos hayamos ahorrado unas cuantas sumas.


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La bellísima Corinne Calvet en Vuelo a Tánger (Flight to Tangier, 1953), una muy mala película de Charles Marquis Warren que tiene como aliciente el de presentar a Joan Fontaine en un muy improbable papel -impropio de la estrella que ya era- de espía encargada de dilucidar un enrevesado caso de contrabando de oro y materiales estratégicos situado en un Tánger de cartón piedra, más californiano que nortefricano, en los últimos años de vigencia del estatuto internacional que convirtió esa ciudad en escenario ideal para todo tipo de tráficos ilícitos. La Calvet es el contrapunto de la estrella norteamericana: exuberante, sensual, siempre ambigua y misteriosa respecto a sus motivaciones -pues es a la vez la amante de un gángster afincado en Tánger y de un desairado piloto norteamericano que siente vagos deseos de redimirse de sus pecados y regresar a la patria-. En una notable escena en la que los tres -piloto, espía y vampiresa- hacen una parada en una especie de oasis, a donde han llegado perseguidos tanto por los gángsteres como por la policía internacional, la Calvet se despoja del vaporoso vestido que lleva y, en combinación, se sumerge en el estanque, donde termina de desnudarse y dice: "sólo así se refresca una entera, y no por partes. ¿No se baña usted?", le espeta a la Fontaine; quien, con un gesto despectivo, le dice: "Tal vez en otro momento. Será que yo no tengo tanta calor". 

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