lunes, mayo 20, 2013

LA FERIA


Un insidioso viento de poniente se arremolina en el centro del recinto, que es un antiguo baluarte costero, y empuja a los visitantes a refugiarse en las casamatas, ahora convertidas en casetas de la siempre animosa Feria del Libro local. Y eso parece la clientela: hojas empujadas por el viento a estos depósitos donde otras miles de hojas previamente acumuladas se han compactado en esos cúmulos de materia vegetal que son los libros. 


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J., antiguo profesor mío, ya jubilado, y que ha cambiado su paso nervioso y enérgico de cuando era joven y disfrutaba encandilando a sus alumnos por una trabajosa pero enhiesta y digna -aunque algo dubitativa- lentitud de anciano: "Éste es el último año que nos vemos en la Feria". ¿Y por qué?, le pregunto. "Hombre, porque a mi edad ya es difícil que llegue a otra". No sé si habla en serio o si todavía conserva resabios de su humor cínico y chocante de otros tiempos. Y le digo: "Venga ya, J., no me des el día".


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Lo malo de la adrenalina es que sus efectos duran poco. No sé si otras drogas euforizantes producen el mismo resultado. Que me expliquen, si no, los altibajos anímicos que he experimentado esta semana en función de la adrenalina generada por los actos literarios en los que he intervenido, el calor de los amigos que me han arropado -por ejemplo, A., compañera de carrera, que ha leído casi todos mis libros, incluyendo la novela final de la Trilogía en la que retrato de refilón nuestros años universitarios-, la emoción de firmarlos, etc. Y las consiguientes caídas de ánimo cuando una vocecilla malintencionada me recordaba al oído la futilidad, casi la inutilidad, de todo este trasiego.


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Es curioso: en las dos únicas mesas de aperitivos que he visto en toda la Feria -pagados, naturalmente, aunque ya con cierta contención, por entidades públicas- se sentaban exactamente las mismas personas, o casi.


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Me mira con curiosidad, pero también con una cierta desconfianza, como temerosa de que el tipo que está ahí sentado, tras una mesa llena de pilas de libros en los que está estampado su nombre, y en algunas de cuyas solapas se ve su foto, sea una especie de vendedor de crecepelo que ha puesto ahí su tenderete para embaucar a los incautos. Por eso, después de la ojeada, me da ostentosamente la espalda, como diciendo: "A mí me la vas a dar". Y yo, en venganza, y desde mi ventajosa posición de hombre sentado en medio de una multitud de gente que pasa, en el momento en que se vuelve le miro con absoluta impunidad... el culo.


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Veintitantos libros. Cuánto daño ha hecho uno al medio ambiente.

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