jueves, mayo 23, 2013

MOSQUITOS


Ya Quevedo les dedicó un soneto en el que les achacaba lo más molesto de su acción, que no es picar a la víctima, sino zumbar a su alrededor para que ésta experimente la angustia de la picadura inminente. Que no es dolorosa, todo hay que decirlo; y de la cual, si ocurriese sin previo aviso, no tendríamos otra noticia que algunas rojeces ocasionales en la piel, como las que causan esos centenares de miles de arácnidos microscópicos que habitan nuestras tapicerías y nuestras sábanas sin que nos inquieten lo más mínimo. Vivimos, ya se sabe, rodeados de monstruos de todos los tamaños, pero las limitaciones de nuestros sentidos nos ayudan a soportar la amenaza constante de todas esas criaturas que nos acechan para saciar su apetito con las células muertas que desprende nuestra piel o la sangre que logran chuparnos. Y por eso odiamos al mosquito: por romper ese tácito pacto de silencio. Y por convertir la confortable noche urbana en una prefiguración de selva, y hacernos sentir añoranza de los mosquiteros de gasa tras los que duermen las protagonistas de las películas de safaris hasta el momento en el que algo más contundente que un mosquito –un león, por ejemplo, o un nativo con malas intenciones y poca paciencia con las apetencias más o menos coloniales del cazador blanco– penetra en la tienda y blande una garra o un machete contra la piel rosada de la durmiente…

La verdad es que odiamos todo aquello que pone demasiado en evidencia la realidad. Odiamos al mosquito, que no oculta jamás sus intenciones, como odiamos también al preceptor que nos reprende por nuestras faltas, u odian los políticos al periodista que saca a relucir sus trapisondas. Por eso no dejo de sentir cierta mala conciencia cuando conecto al enchufe el repelente químico que mantendrá alejados de mí a los mosquitos durante toda la noche: es como si le negara a la naturaleza… no sé… ¿su libertad de expresión?

Publicado el pasado viernes 
en El Independiente

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