miércoles, mayo 01, 2013

PESCADOR


En la playa, a primera hora de la mañana, un hombre sentado en una silla plegable, entre dos cañas de pescar con los aparejos tendidos al mar en calma. Hace un frío intenso, cortante, impropio de la estación, y se me antoja que, por muy abrigado que ese hombre esté, es imposible que ahí, sentado a la intemperie, el frío no termine calándole hasta los huesos. Aunque se me ocurre que este poco piadoso pensamiento mío viene dictado por el rencor que el hombre ocupado, sacado de la cama por sus obligaciones, siente hacia el ocioso que, simplemente, dispone de su tiempo a su antojo. Y justo cuando llego a su altura, por la acera del Paseo Marítimo, veo que el pescador deja su asiento y comprueba algo en una de las dos cañas. Ese movimiento en apariencia inútil me confirma mi impresión de que el frío hace mella en él, y que por eso se levanta, para infundir un poco de calor en sus miembros. Pero no: hecha su comprobación, vuelve a repantigarse en su silla, en plena intemperie, de cara al aliento húmedo de la rompiente y bajo un cielo en el que apenas unas briznas de nubes se interponen entre él y los gélidos espacios siderales... Cómo me corroe la envidia. Y todo por no reconocer que el único que tiene el corazón aterido, en esta desabrida mañana laborable, soy yo.

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Malos tiempos para el individualismo, siempre tan mal visto, y más cuando se convierte en opinión común que esa actitud, tan necesaria y saludable, resta fuerzas a las demostraciones colectivas de protesta que tan cargadas de razón se presentan en estos días. Ya quisiera uno dejar a un lado el peso de ese ego refractario y escéptico. Pero, en el último momento, siempre hay una vocecilla que me aconseja una cierta reserva, un voto particular, una prevención necesaria. No vaya a ser que la marea pase y que, cuando uno quiera darse cuenta., de ese pobre ego menoscabado no quede sino la sensación de ser un guiñapo varado en la orilla.

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En rigor, nada impediría que uno se echase a un lado, señalase el trabajo hecho y dijera: "Esto es todo, no tengo nada más que añadir. Si os gusta, bien; y si no os gusta, también bien". Pero se empeña uno en añadir, en matizar, en retocar, en pensar en sucesivos añadidos que acaso mejoren el conjunto. Y lo que hace es prolongar una agonía.

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