martes, mayo 28, 2013

SE ENCIENDE Y SE APAGA UNA LUZ

Termino de leer Se enciende y se apaga una luz, la novela con la que Ángel Vázquez ganó el Planeta en 1962, cuando ese premio todavía significaba algo; aunque a su autor, que no estaba hecho para medrar en el proceloso medio literario, apenas le aportó prestigio o popularidad, y sí lo situó en ese peligroso despeñadero en el que se ven a veces los escritores de obra escasa y lenta cuando se sienten obligados a vivir a la altura de un logro más o menos azaroso. En el caso de Vázquez el desenlace es conocido: sus dos novelas posteriores tuvieron una difícil andadura editorial, y la mejor, La vida perra de Juanita Narboni, el título por el que hoy se le recuerda, sólo póstumamente obtuvo el reconocimiento que merece. Hay quien encuentra consuelo en estas historias de infortunio literario, tan halagadoras para muchos talentos despechados. Pero más inteligente sería, acaso, a la luz de estos ejemplos, renunciar incluso al espejismo de reparación tardía que ofrecen. 

Ahí están, de todos modos, para quien quiera leerlas, las tres novelas que dejó este autor. Nacido en Tánger, entre sus méritos figura el de haber hecho un hueco en la literatura española, habitualmente constreñida a los estrechos y obsesivos límites de la realidad peninsular, a esta ciudad tan literaria y cosmopolita. Y hacerlo con una maestría acaso sin parangón, porque, a la luz de lo que llevo leído sobre Tánger, ni las amaneradas novelas de Bowles ni las desgarradas de Mohamed Chukri tienen el encanto, la capacidad evocadora o el empaque de las de su más o menos coetáneo colega español, que trató a ambos y formó parte de esa particular burbuja que hoy llamaríamos "multicultural", pero que no era más que la decantación última de una vieja tradición mediterránea de cosmopolitismo y convivencia de distintas culturas en un mismo escenario, ya fuera la Alejandría de Durrell y Cavafis, el Trieste de Joyce y Svevo o la Venecia de Mann y Pound, pongo por caso. Y ya sé que a los desencantados del "internacionalismo" tangerino les molesta horriblemente -y puede que por razones fundadas- la comparación. Pero qué le vamos a hacer.

Pero vuelvo a la novela de Vázquez. En ella Tánger está apenas esbozada: más allá de la atmósfera cerrada del Monte Viejo, el barrio residencial donde vivía la burguesía europea acomodada, apenas si intuimos el característico entorno natural tangerino -los pinares, las playas, las vistas al Estrecho- y algún que otro atisbo de la ciudad propiamente dicha, con las cuestas del mercado, el liceo francés, las patisseries y los restaurantes. El elemento nativo apenas comparece al fondo del cuadro, normalmente en forma de criadas, chóferes y demás, aunque en algún momento se huelen los olores característicos de un mercado norteafricano o se oyen, al anochecer, las músicas festivas del Ramadán. 

Pero esta parquedad descriptiva, que convierte la ciudad en un fondo casi abstracto -a diferencia, por ejemplo, de las constantes alusiones al entorno que caracterizan La vida perra de Juanita Narboni-, no resta vida a la narración, sino que la circunscribe a un fondo muy concreto: el asfixiante mundo de una burguesía encerrada en sí misma, y que, del mismo modo que se niega a cambiar al ritmo que exigen los tiempos -el presente de la novela se sitúa en 1958, dos años después de la independencia de Marruecos-, parece empeñada en consumirse en sus frustraciones, en sus anhelos infundados y en su doble moral. En este sentido, pocas novelas españolas de esa época -y, menos, una que ha recibido un premio comercial- encierran tan transparentes referencias a la homosexualidad más o menos abierta de algunos personajes, por ejemplo, o ponen en primer plano a una amplia galería de personajes femeninos que, a pesar de todas las trabas circundantes, disponen libremente de sus sentimientos y su sexualidad. Cuando se publicó esta novela, no hay que olvidarlo, faltaban cuatro años todavía para que Juan Marsé hiciera, en Últimas tardes con Teresa, su incursión nostálgica en esos mismos ambientes enrarecidos de una burguesía en trance de ajustar cuentas con sus propios fantasmas.

Hay que apuntar también la excelente construcción de la novela, compuesta por escenas en aparente desorden y situadas en tiempos narrativos distintos, pero que acaban encajando a la perfección; y el delicado trazado de los personajes: desde la protagonista, Cristina, a la que adivinamos depositaria de la inteligencia herida de su autor, erigido en testigo de un mundo en descomposición, pero inextricablemente unido a una irrenunciable educación sentimental; a la amplísima nómina de personajes secundarios, especialmente femeninos, que aportan sus historias a esta madeja de vidas cruzadas. 

A Vázquez, ya digo, este indiscutible logro literario apenas si le sirvió para pagar unas deudas. Hoy lo recuerda uno a partir de la lectura de un libro comprado en un pobrísimo baratillo. Lo que, después de todo, tiene su lógica. 

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