martes, junio 11, 2013

EN LA COPISTERÍA


En la copistería del barrio, a donde vengo a imprimir el mecanoscrito de un libro mío. He elegido un mal día, porque, con eso de los exámenes, la tienda está abarrotada de chicos y chicas que vienen a imprimir sus apuntes, o a fotocopiar los de un compañero, y los dos dependientes no dan abasto. Mientras espero, no puedo evitar el tic profesional de juzgar a los concurrentes con cierta severidad. Lamento, sobre todo, el desperdicio de papel y la pérdida de tiempo. Muchos de los folios que traen a fotocopiar apenas contienen un cuadro sinóptico que bien podría copiarse a mano en cinco minutos, y los otros, escritos muchos de ellos con esa letra grande y desgarbada de los adolescentes, calcula uno que no se tardaría mucho más en leerlos y extractar su contenido que en hacer cola para fotocopiarlos. 

Pero también tiene su gracia asistir a este despliegue de nerviosismo, al alegre desparpajo con el que, en este establecimiento que también hace las veces de quiosco, mezclan saberes escolares con la ingesta de los refrescos y las porquerías dulces o saladas que han comprado aquí mismo. También yo me distraigo con lo que puedo: ojeando el estante de revistas o el magro expositor de libros, en el que coexisten las lecturas obligatorias que manda el instituto vecino (Yerma de Lorca, una versión adaptada del Drácula de Stoker, en inglés, etc.) con infumables novelas de amor, que no se explica uno quién puede comprar. 

En medio del trasiego, me llega el turno, y asisto con cierta impaciencia al proceso por el que uno de los dependientes manipula mi mazo de folios a la vista de todos... ¿Criticaba yo a los chicos por el despilfarro de papel? Pues la verdad es que, para desperdicio, la copia mecanografiada de un libro de versos. Y qué frívolo, que inconsecuente se ve ésta al lado de esos aplicados mazos en los que se desgrana el temario de filosofía de segundo de bachillerato o -leo- asuntos tan arcanos como la "gestión de una microempresa", pongo por caso, que debe de ser algo así como el tallercito en el que trabajan los enanos de Blancanieves... Pero a saber qué pensarían estos chicos del mecanoscrito que he venido a imprimir, en el caso de que se molestaran en descifrar los renglones cortados que se ven al trasluz... Tendría que ser al revés, quizá: que los jóvenes andaran enredando con versos y los adultos con resúmenes de filosofía o derecho administrativo. Pero así están las cosas. 

Imagen: La imprenta de San Eloy, de Joaquín Sáenz

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