jueves, junio 27, 2013

INCREPANTES


Cuesta escribir un artículo en el que parezca que uno se pone, aunque sólo sea por un momento, del lado de quien, a ojos de todos, ha cometido crímenes que a todos repugnan. Pero, sea el afectado un asesino despiadado o el prevaricador más cínico –por nombrar las imputaciones que recaen sobre dos conocidos presuntos delincuentes que actualmente están siendo juzgados–, no puede uno dejar de estremecerse cuando los ve llegar al tribunal y ser recibidos por una muchedumbre que los increpa con furia. No sabe uno de dónde salen esas turbas vociferantes. Algunos –unos pocos– es posible que tengan alguna relación con las víctimas del crimen en cuestión, y, por tanto, puede uno entender su furor, aunque haya una cierta incoherencia entre ese abandono momentáneo a los instintos de venganza y el respeto elemental a un sistema judicial que, en ese mismo instante, por el mero hecho de tener detenido al sospechoso y estar sometiéndolo a juicio, se ha puesto del lado de las víctimas y representa –otra cosa es que la satisfaga– la exigencia de castigo y reparación que éstas plantean.

Pero no siempre quienes gritan a las puertas de un juzgado tienen una vinculación directa con las víctimas. Quienes increpan, por ejemplo, al autor de un delito administrativo o económico sin víctimas identificables –más allá de la consideración genérica de que ese tipo de delitos dañan a toda la comunidad–, ¿en nombre de quién están ahí, han madrugado para situarse en primera fila, han acuñado eslóganes infamantes? Más bien parece que un instinto tan oscuro, en fin, como el que lleva a cometer los propios crímenes es el que empuja a estos desocupados a incumplir el elemental principio que ordena odiar al delito y no a quien lo comete. Gritan y amenazan, se diría, por puro capricho, y hoy lo hacen con éste y mañana con aquel. Y dan tanto miedo, a veces, como los propios delincuentes.

Publicado el pasado viernes 
en El Independiente de Cádiz 

1 comentario:

José Luis Piquero dijo...

Ya lo he comentado alguna vez en mi blog. Qué miedito da la masa enfervorizada. Hoy por fortuna se controlan esas cosas pero antes y en otros países tenía un nombre: linchamiento. Y era un acontecimiento social.
Conviene separar esos comportamientos de otras formas de protesta como los escraches, que en nada se les parecen, aunque algunos, interesadamente, hayan querido patéticamente igualarlos.