lunes, junio 17, 2013

LA MAREA

Llegamos a ser once personas, sin contar los niños, así que, dadas las circunstancias, la convocatoria podía considerarse un éxito... Sí, que no se extrañe nadie: el razonamiento que le hago siempre al concejal o al técnico de cultura de turno, normalmente desolado ante lo que le parece un desaire a su invitado, es el siguiente: si en una ciudad de, pongamos, cien mil habitantes, se considera más que aceptable que a un acto literario concurran cincuenta o sesenta personas, en una de diez mil, en proporción, bastarían cinco o seis. Así que habíamos cubierto el cupo. Lo malo fue que cada una de esas once personas llegó a la hora que le pareció: uno a las siete y media, otros a las ocho y cuarto, otros a las nueve menos veinte, otros a las nueve y media... Tampoco estaba muy claro a qué hora debía celebrarse el acto. A mí, desde luego, me habían citado a las nueve; pero cuando llegué, un poco antes de esa hora, me encontré a mi editora, que era quien había arreglado la presentación, discutiendo con el técnico de cultura a propósito de la responsabilidad en aquella confusión horaria. El técnico decía que la cita era a las ocho, y para demostrarlo nos enseñaba el díptico en el que figuraba el programa de actos; donde, efectivamente, quedaba muy claro que la presentación era a esa hora... 

Yo los dejé ahí, porque hace años que no gasto energías en intentar solucionar lo que no tiene arreglo, y me acerqué a uno de los cuatro puestos que componían esta deslucida feria del libro. Conocía de vista a la encargada y enseguida pegué la hebra. "Por aquí no viene un alma", me dijo. "No es ya que no compren: es que ni siquiera miran. Tampoco ha venido nadie a ninguno de los actos. Y eso que pasan por aquí delante a manadas, camino de la playa, o de vuelta. Y no te digo nada del calor...". Y es que a lo mejor hay que resignarse, y dar por bueno que en estos pueblos reconvertidos en parques temáticos para el veraneo, unos puestos de libros difícilmente pueden competir en atractivo con las terrazas de los bares o, pongo por caso, los tenderetes de baratijas... Pero no, no quería yo hacerme mala sangre, ni entonces ni ahora. Para consolar a la librera, le compré un ejemplar de las poesías completas de una anciana paisana mía, que han sido editadas por una institución y se venden a un precio irrisorio; y las compré porque, amén de que en la obra de esta veterana poeta puede espigarse un buen puñado de buenos poemas, entre las fotos que ilustraban la introducción había una, de la que yo no tenía noticia, en la que yo mismo aparezco -irreconocible: sin barba, con flequillo y con unas hoy un tanto chocantes gafas redondas- en un grupo que posa alrededor de la susodicha y de Fernando Quiñones.

Eso me llevé del acto. Bueno, y un malestar que me ha durado todo el fin de semana. 


***

Espléndida la crónica que hace Andrés Trapiello en Miseria y compañía, el tomo de su diario correspondiente a 2004, de los tristes acontecimientos de marzo de ese año. Describe bastante bien la desazón que debió de sentir buena parte de la ciudadanía al comprobar cómo la desbordaban los hechos. Cómo, por ejemplo, la reacción elemental de respaldar a un gobierno democrático -independientemente del color de éste- cuando la propia democracia es atacada, se vio obstaculizada por la sospecha de que ese gobierno, desde un primer momento, escamoteaba la verdad de los hechos. El de entonces, recuérdese, no quiso reconocer que el atentado que dejó casi dos centenares de muertos y miles de heridos en los andenes de Atocha era obra de un comando islamista -o islamita, como dice Trapiello-, porque esa hipótesis hubiera arrojado, en vísperas de unas elecciones, una luz altamente desfavorable sobre su decisión de participar, como aliado militar de los Estados Unidos, en la invasión de Irak. Pero también se daba el caso, en fin, de que quienes comprendieron que podían sacar tajada electoral del asunto no tuvieron el menor reparo en saltarse a la torera las más mínimas normas de decoro político que debían de haberse respetado en las circunstancias. En aquella fatídica "jornada de reflexión" muchos fuimos quienes nos debatimos entre la duda y la indignación, a sabiendas de que, hiciéramos lo que hiciéramos al día siguiente, el de las elecciones, e incluso si no votábamos, nos arrepentiríamos luego, como así fue.

Años después conocí a la persona a la que se atribuye el lanzamiento del mensaje de teléfono móvil que movilizó a los madrileños para que se congregaran ante las sedes del partido gubernamental. Era un hombre menudo, inquieto, de brillante conversación, aunque quizá más convincente en persona -porque logra transmitir una cierta vehemencia juvenil a sus afirmaciones- que cuando escribe. Vino a dar una charla -en realidad fue una especie de lección magistral- en un encuentro sindical para el que unos amigos me habían pedido un texto. "¿Así que tú eres el poeta?", me saludó. Yo le pregunté si era verdad lo que la leyenda urbana le atribuía: sonrió ladinamente, como dando a entender que esas cosas es mejor no airearlas, pero sin poder ocultar la satisfacción que le producía esa tremenda atribución de responsabilidades. Chocaba, de todas maneras, que la marea humana que provocó el inesperado vuelco electoral en aquella jornada fatídica hubiera tenido su origen en este hombre de aspecto inofensivo. Pero así son las cosas. Hoy los acontecimientos políticos de entonces no me causan ninguna emoción, más allá del recuerdo del dolor que sentí por las víctimas del atentado. En lo que a moral política se refiere, posiblemente hemos ido incluso a peor. Aunque, curiosamente, uno tiene, aunque sólo sea por reacción, las ideas mucho más claras. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Perdón por la irrupción y el cambio de tema, pero sospecho que se me disculpará: la cuestión es que ando buscando un poema, creo que de Leopardi, en el que aparecía el poeta mirando por una ventana, añorando la vida de aquel que se veía r andando libre por los caminos; el poeta intuía a su vez que aquel hombre anhelaría estar en lugar del poeta, en aquella ventana, al resguardo de aquella habitación, envuelto en esa luz doméstica. ¿Sabe alguien cómo se llama el poema?

domingovallejo dijo...

Comparto lo que dice recordando aquella fatícida jornada de marzo de 2004, pues tuve parecidas vivencias,que hoy son heridas aún. Y leía con expectación su comentario al relato de A.T. en el último tomo de su "Salón". Pero, a espera de leer a nuestro autor, y al hilo de lo Vd. cuenta, uno esperaba algún dato más para poder despejar esa X, cabeza digna de pasar a los anales de los nuevos tiempos del "agit-prop" en la era de internet.
¿Es mucho pedir?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Permítame que mantenga la discreción. Pero no es ningún secreto, al menos en ciertos medios académicos. Y sí, la verdad es que el hombre es -digámoslo así- un gran comunicador.