lunes, junio 03, 2013

LO QUE SÉ

Y yo que creía que sólo en inglés era posible componer un endecasílabo -un pentámetro, dicen ellos- exclusivamente con monosílabos, como ejemplificaba burlonamente Pope en su Essay on Criticism: And ten low words oft creep in one dull line (que en traducción aproximada ocuparían el doble: "Y a veces hasta diez palabras simples / se aprietan en un solo pobre verso" ). Y ahora me encuentro con este magnífico endecasílabo de José Mateos, con el que se abre su último libro, Cantos de vida y vuelta: "Lo que sé yo no sé por qué lo sé". Que me atrevo también a traducir al inglés, por ver cómo suena: What I know, I don't know how I do know it. Pero qué duda cabe de que el original, con su reminiscencia del discurrir balbuciente de San Juan de la Cruz, es mucho más hermoso. 

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El primer baño de cada verano en el mar tiene siempre algo de ritual purificador, y también de regreso: a la infancia e incluso a un tiempo anterior a la propia infancia. Y cómo ese frescor destensa los músculos y afloja las piernas, y deja en el cuerpo esa impresión de cansancio sano que nada tiene que ver con el agotamiento sucio del trabajo y las preocupaciones, y sí con la apetencia de sueño de un niño que ha nadado y corrido y jugado a la pelota toda la tarde, hasta que las fuerzas, incluso contra su voluntad, lo abandonan.

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Las bandas sonoras que compuso Bernard Hermann. Me doy un atracón de ellas a lo largo del fin de semana. El magnífico tema de apertura de Taxi Driver, con esas frases de saxo que parecen otros tantos lamentos de la humanidad doliente arrojada a la selva urbana; las obsesivas y envolventes variaciones sobre un mismo tema que constituyen el fondo musical de Fahrenheit 451, etc. Cada vez me parece más evidente que la gran música del siglo veinte, el equivalente a la que en su día compusieron Mozart, Beethoven o Brahms, es la que sirve de fondo a las películas. Lo que tiene su lógica. Salvo en el breve intervalo en el que el nivel de vida e instrucción de las clases medias ha permitido sostener esa ficción de que las piezas musicales se componían para ser oídas en silencio en unos locales concebidos para ese fin, la música siempre se ha compuesto e interpretado en función de un contexto, ya fuera sacro (una misa, por ejemplo), o mundano (una celebración cortesana, etc.). El cine ha restablecido en  cierto modo esa función de la música: en ningún caso ancilar, sino, simplemente... pertinente a una situación creada. Y la aplicación de Hermann y otros compositores de bandas sonoras recuerda la proverbial humildad con la que Bach se ajustaba a los propósitos preestablecidos por sus patronos. Y es que nada es tan nocivo para el arte como la noción de que las mejores obras son las absolutamente desligadas de cualquier propósito mundana. Lo que, paradójicamente, ha reducido a buena parte de la producción artística del siglo XX a una sola función: la de artículos de lujo, cuyo valor se tasa en dinero.   

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