martes, junio 18, 2013

NIEBLAS


De pronto, la mañana hasta entonces despejada se volvió roma y opaca, como si las personas y las cosas, perfiladas de sombra por la luz intensa que las recortaba contra el fondo de cielo, arena y agua, perdiesen de pronto el trazo que las contenía en sí mismas y todo tendiese a su disolución. Íbamos paseando por la orilla y nos alcanzó por detrás una lengua de niebla: notamos primero su roce húmedo y frío en la espalda, como la lengua de un gran perro a punto de darnos alcance, y enseguida la nube nos sobrepasó hasta ocultarnos el punto de fuga hacia el que avanzábamos, y ahora la playa no tenía principio ni fin, no se definía como un gran arco tendido entre dos salientes bien visibles del litoral, sino era simplemente lo que veíamos en un radio de unos cien metros, más allá de los cuales todo se confundía en una nebulosa gris, de la que emergían quienes avanzaban por la orilla en sentido contrario al nuestro, para volver a perderse en otra nebulosa similar a nuestras espaldas. Y me acordé de esos viejos versos ¿de Caedmon?, en los que la vida humana es comparada al vuelo de un pájaro que entra en una estancia iluminada y vuelve a perderse en la noche: un intervalo entre dos nadas. 

***

Una vez más -es la segunda vez que anoto algo así en este cuaderno-, nadie notó el temblor de tierra del otro día. Que, según la prensa, alcanzó 2,8 grados en la escala de Richter, y tuvo su epicentro en algún punto del mar cercano a la costa. Pero la sensación fue nítida, clara, escalofriante: una sacudida que nos llegó por los pies, mientras almorzábamos, y una vaga sensación, cuando fijamos la vista en el suelo, de que un perceptible movimiento ondulatorio lo había recorrido. Nos quedó un malestar extraño, en mi caso similar a la sensación de desorientación que acompaña a ciertas jaquecas: una especie de pérdida momentánea de fe en las coordenadas espacio temporales en las que nos movemos. Y no era una sensación agradable, desde luego.

***

Me armo de paciencia para sentarme a ver la larga entrevista que me han hecho en la televisión local. Y la verdad es que no me soporto. Nada más terrible que este don que se nos ha dado de registrar nuestras voces y movimientos y poder contemplarlos a voluntad, como espectadores ajenos. En la vida normal no percibimos nuestras voces reales, sino la resonancia que éstas tienen dentro de nosotros: nos llegan, por así decirlo, mejoradas, porque las percibimos como desde el centro de una especie de bóveda íntima, en la que sólo estamos nosotros. Los demás no pueden comparar esa voz mejorada nuestra con la real, que es la única que conocen: por eso son más indulgentes, e incluso juzgan favorablemente el hecho de que hayas contestado a todas las preguntas sin apenas dudar, con aparente aplomo, como si hubieras meditado largamente todas y cada una de las ideas que vas hilando. Pero uno sólo tiene oídos para esa voz desasistida, esa gesticulación que se te antoja excesiva y pueril -¡y eso que se te considera como una persona más bien parca en gestos!-, ciertos rictus que normalmente te pasan inadvertidos, pero que, vistos desde esta equívoca posición de cuerpo astral, de alma desligada momentáneamente de su realidad física, te impacientan... Ése eres tú. Y qué poco te gustas.     

No hay comentarios: