martes, junio 25, 2013

UNA POLÉMICA LOCAL

Andan estos amigos pintores bastante soliviantados con una crítica a bocajarro que les han hecho en un periódico gaditano, con motivo de una exposición que el colectivo que los agrupa ha celebrado en la capital de la provincia. Se da la circunstancia de que es la primera vez -hubo un precedente, hace un año, pero esa vez los hicieron exponer en un sótano- que los responsables culturales de la provincia dedican alguna atención y conceden un espacio digno a uno de los fenómenos artísticos más interesantes del territorio bajo su jurisdicción: la existencia, en la Sierra de Cádiz, y con centro en Ubrique, de una asentada tradición pictórica, de cuya vitalidad dan testimonio la obra de unos pocos nombres señeros, la aparición constante de nuevos valores y el claro engarce de esta escuela con una tradición cuyo hito más visible es el magisterio que sobre algunos de estos pintores ejerció Pedro de Matheu, uno de los nombres fundamentales -aunque quizá todavía no lo suficientemente reconocido- en la evolución de la pintura figurativa española del siglo XX.

Evidentemente, una exposición hecha a iniciativa de un colectivo de pintores no puede aspirar a representar los logros de toda una escuela, más allá de los que correspondan a cada uno de los integrantes del grupo en cuestión. Por eso no parece razonable descalificar la iniciativa en su conjunto, metiendo a todos los pintores en un mismo saco y sin reconocer siquiera la valía de los nombres más indiscutibles, aunque posiblemente desconocidos para el crítico en cuestión. Por ejemplo, el veterano Antonio Rodríguez Agüera, que conoció a Matheu y ha sido capaz de evolucionar desde el ejemplo del maestro hasta un estilo personalísimo, una especie de búsqueda desprejuiciada, y yo diría que incluso bienhumorada, en esos entresijos de la pintura figurativa en los que anida la tendencia del pintor puro a recrearse en las sugerencias abstractas del color y la forma desligados de su valor meramente representativo. De otros, como José Antonio Martel, José Luis Mancilla, Rafael Domínguez y algunos más, podría decirse que han alcanzado su madurez creativa, y que, desde un dominio de sus recursos que raya en el virtuosismo, cada uno de ellos anda explorando su propio universo temático personal. Debo señalar que, si hablo de estos pintores y no de otros, es porque son los que mejor conozco y más he tratado; he visitado sus estudios, he hablado con ellos, y tengo una idea clara de qué es lo que intentan y persiguen en esta fase de su evolución. Evidentemente, al espectador profano que se enfrenta por primera vez a una exposición colectiva de estas características, que agrupa a tantos y tan diversos pintores, le pueden faltar esas referencias. Y quizá la misión mejor que podría proponerse un crítico competente hubiera sido proporcionar al espectador esas necesarias claves; o, al menos, haber hecho los necesarios deslindes en el conjunto, incluso diciendo qué le gusta y qué no, brindando al visitante argumentos con los que éste pudiera confrontar sus propias apreciaciones. 

No ha sido así, y por eso entiendo la justa irritación de estos amigos pintores. Aunque quizá la cosa se reduzca a una humanísima reacción, tan antigua como el mundo: un grupo de brillantes pintores forasteros irrumpe en la capital y recibe una acogida hostil por parte de uno de los más conspicuos representantes del establishment artístico local... Uno hubiera deseado que las cosas hubieran sido de otro modo; y, de hecho, lo están siendo, porque sé de decenas de espectadores que se han llevado la mejor de las impresiones al visitar la exposición; y que, si algo queda en el aire, es el deseo de que más adelante se haga otra más amplia y selectiva, en la que el noble impulso puramente amistoso que ha llevado a estos pintores a juntar sus cuadros se complemente con algún criterio externo que señale, entre ellos, a los mejores, y de éstos elija los mejores cuadros de cada cual. Ampliando, quizá, el criterio a otros pintores que, sin haber nacido en Ubrique -pienso en Jorge Gallego, o en Manuel Morgado-, han hecho de ese entorno asunto frecuente en sus cuadros.

Digo yo.
Imagen: óleo de Pedro de Matheu (1900-1965)

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