lunes, junio 24, 2013

Y UN JAMÓN

Al cortar las hojas de este ejemplar intonso de Spleen de París, en la traducción que publicó José Francés en la casa Mateu en 1918, me da por pensar que, al hacerlo, le quito valor al libro, por lo mismo que un sello sin estampillar suele valer más que uno usado. No sé por qué lo hago: he leído este libro en su lengua original y en varias versiones españolas, así que supongo que bien podría haberme permitido el capricho de guardar un ejemplar sin cortar, aunque fuera por prurito bibliófilo... Pero no tiene uno esas pretensiones, y la afición que tengo a las librerías de viejo y a los mercadillos callejeros -más a éstos que a aquellas- no suele ir dictada tanto por el propósito de recolectar tesoros bibliográficos, como por el de propiciar esa clase de hallazgos que se presentan como asombrosas casualidades, pero que en realidad no son más que el resultado de la atención focalizada del momento, que te hace distinguir en la masa justo aquellos libros que tus intereses actuales demandan, y no otros... Así que agarro una puntilla de pelar patatas y voy cortando los dobleces, como el que deshilacha un apio. Y me detengo, no sé por qué azar, en el capitulillo, que yo tenía olvidado, en el que Baudelaire cuenta cómo, si acercamos a un perro un frasco lleno del más exquisito perfume, probablemente retrocederá espantado; y, en cambio, se relamerá de gusto si lo que ponemos ante su hocico es un trozo de excremento, que incluso devorará golosamente... Y concluye diciendo que al público nunca se le debe ofrecer delicados perfumes que lo exasperen, sino excrementos cuidadosamente escogidos para que sean de su gusto...

Y esto es lo que quería decirme, casi con urgencia, este ejemplar que nadie había abierto hasta hoy en casi cien años. 

***

En eso distraigo la sobremesa, mientras espero para acudir a la plaza, donde a primera hora de la tarde se expondrán los cuadros de los participantes en el concurso de pintura rápida de B. Se da la circunstancia de que este año soy jurado de ese premio... Así que allá voy, abrumado por la evidencia de que, aunque la participación ha sido escasa este año, aún así concurren al certamen al menos media docena de pintores muy experimentados, y otros tantos que apenas les van a la zaga, por lo que va a ser difícil elegir un primer y segundo premio, que es lo que prevén las bases. Curiosamente, hay muchos menos participantes en la categoría de aficionados que en la de profesionales, por lo que en ese apartado incluso sobra un premio: un jamón que regala una reputada empresa local del ramo. Por lo que, una vez dilucidados, tras arduas deliberaciones, los dos únicos premios en metálico que podemos dar en la categoría principal, se nos ocurre que ese jamón sobrante podría destinarse a dotar un tercer premio, si así lo autoriza la entidad convocante; y siempre que, claro está, al pintor premiado se le permita conservar su obra, y no se le someta a la disyuntiva de  trocar su cuadro por un jamón... Se hacen las consultas pertinentes y todo queda arreglado. Y el caso es que, de todos los premiados, el que parece más contento es quien se lleva a casa la deliciosa pieza, junto con el meritorio producto de una calurosa mañana de pintura al aire libre... 

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Hablando del crecimiento urbanístico desmesurado -en proporción a su caserío originario- que experimentó este pueblo hace unos lustros: "Si no llega a ser por eso -nos espeta un amigo, haciendo de abogado del diablo-, ninguno de vosotros estaríais aquí". Se refiere al hecho de que sus interlocutores ocupamos casas construidas en ese periodo de expansión. Y nos quedamos pensativos; no tanto porque otorguemos carácter de sentencia a ese silogismo, como porque éste nos hace asomarnos por un instante a ese otro abismo inconmensurable -más, aún, que el de la ambición humana-: el del azar que gobierna nuestros actos, y al que obedecen incluso estas amistades que, hoy por hoy, nos parecen necesarias e ineluctables, pero que en realidad obedecen al mismo principio que nos lleva a encontrarnos una moneda en la acera.

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