martes, julio 09, 2013

DESCOMPRESIÓN


Una de las ventajas de leer los libros de éxito uno o dos lustros después de que fueran publicados -y me refiero a libros que fueron algo más que best-sellers: libros que gozaron,. además, del aprecio y la consideración de la crítica, que fueron leídos por lectores con criterio, y cuyos autores pudieron seguir moviéndose a sus anchas en los terrenos habitualmente reservados para la literatura minoritaria y de prestigio- es que percibe uno de inmediato cuáles fueron los factores, digamos, coyunturales que contribuyeron a ese éxito; tantos, a veces, que cuesta trabajo entender que los lectores más perspicaces no advirtieran en su día el carácter meramente ocasional, oportunista, de esa amalgama de factores coyunturales, y confundieran el resultado con una obra bien fundamentada en valores, digamos, permanentes... Pero, también, a veces, ese magma ocasional es tan claramente excusable, tan fácilmente discernible de lo verdaderamente valioso del libro en cuestión, que apenas cuesta trabajo identificar, cuando los hay, esos otros factores de mérito permanente. Todo libro, supongo, es una mezcla de ambas cosas: de la ganga del día y de lo humano eterno -si es que esto último no es un oxímoron-, y sólo la proporción, a veces azarosa, en la que se dan lo uno y lo otro determina, al cabo, su verdadera valía.

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Terminado el periodo de descompresión con el que suelen empezar las vacaciones: días en los que el cuerpo no se adapta del todo a las nuevas condiciones, a los nuevos horarios, a las nuevas exigencias de extraer de ese tiempo no comprometido satisfacciones perceptibles y a la altura de las expectativas suscitadas por su mera inminencia... He tardado unos diez días. Ya no me despierto automáticamente a las siete menos veinte, ya no se me cierran los ojos a las once de la noche. Ya (esto es lo más complicado) no me impacienta la sensación de que el tiempo recién ganado no cunde para nada que merezca realmente la pena... Ya pasaron esos días aciagos. Ahora los ritmos físicos y mentales empiezan a desgobernarse un poco. Y está bien, aunque ya sabe uno, por experiencia, que cuando realmente se llega a dominar la nueva situación es cuando toca reintegrarse a lo de siempre. 

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Atardecer en Benaocaz. El peñón que llaman Sierra Alta hace de pantalla y proyecta una benéfica sombra temprana sobre la ladera en la que se asienta el pueblo. Más allá intuye uno la intensidad, la violencia incluso, de la flama. Pero aquí las sombras largas alcanzan ya las parcelas que limitan con la carretera, y uno puede acomodarse en uno de los bancos que han colocado allí para los desocupados y aguardar tranquilamente a que el sol termine de esconderse tras la línea del horizonte. Unos carneros grandes, obstinados, filosóficos, monacales -no se entiende, si no, la ausencia de hembras- ramonean en el solar de al lado. Una mujer vestida sólo con una camisa -debajo debe de llevar un bañador- pasea a su perro. Una pareja departe desentendidamente sobre esas complicadas cuestiones de logística a las que las parejas jóvenes fían su felicidad futura. Yo no pienso en nada, no tengo nada en que pensar, más allá de un vago e inoperante deseo  de que a los míos se les resuelvan lo más favorablemente posible las preocupaciones que les acucian. Mientras tanto, veo avanzar la sombra, percibo en la piel el soplo fresco del viento renovado, identifico formas -unos alcauciles florecidos- en la inextricable broza que crece en estos parterres desatendidos. Y cuando me canso, vuelvo a casa. 

Imagen: Óleo de José Antonio Martel Guerrero

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