miércoles, julio 10, 2013

EL INTRUSO

Esta calima asfixiante que por estos pagos llamamos "levante en calma", designando in absentia al factor causante, con una extraña figura retórica que creo que no se emplea para ningún otro fenómeno climático -porque no existe, que yo sepa, el no-cierzo, o el monzón in potentia, etc.-. He bajado a recoger el correo -dos libros- y a comprar el pan. A pesar del calor, todo el pueblo se ha echado a la calle, y la calle principal es una sucesión ininterrumpida de hombres en camiseta y pantalón a media pierna, de mujeres en camiseta de tirantes y pantalón corto o cortísimo... Lo que le da a la población ese aire de pobreza no del todo mal alimentada ni desaseada que tienen ciertas visiones más o menos idealizadas de las ciudades del Caribe. Contribuyen a ello los blancos deslumbrantes de algunas camisas, la sensualidad amable que se desprende de la confluencia visual de tanto escote y tanto muslo, aunque muchos de ellos pertenezcan a mujeres un tanto desfondadas, y aunque en el correlato masculino abunden las barrigas cerveceras... No hay turistas, aunque sí puede que haya forasteros que han venido a pasar las vacaciones en casa de un pariente, y eso explica esas ruidosas reuniones de hombres solos, como de primos o cuñados, que se han formado a la puerta de algunos bares. Intuye uno que en esta aparente calma, en esta atmósfera relajada, influye no poco el desempleo, la estrechez económica, la resignación alegremente asumida. Aquí se ha encarnado espontáneamente una de esas utopías tropicales de gente feliz en la pobreza más o menos extendida e igualatoria. Claro que todo esto es apariencia, y tiene su reverso exacto en la agresividad que se despliega a otras horas u en otros ambientes: de noche, por ejemplo, en esas pandillas vociferantes y alcoholizadas cuyas voces se pierden en una lejanía de la que a veces llegan ruidos de cristales rotos. Verano.


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En la conferencia -ocho de la tarde, en un patio al aire libre y muy oportunamente situado entre dos puertas opuestas, que aseguraban una intermitente corriente de aire-, la sensación de que venimos a que nos cuenten un cuento: en este caso, el del poeta que fue a Nueva York y se trajo de allí un puñado de poemas potentes y enigmáticos. Otros prefieren que les cuenten el de Caperucita. Pero es sólo cuestión de gustos.


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Después de un par de semanas en que ha sido nuestro huésped durante algunas horas al día -M.A. iba a llenarle el comedero, y él aprovechaba la coyuntura de puertas abiertas para pasarse a nuestra casa y perseguir un rato a nuestra gata, comerse su comida, orinarse en su caja-, las cosas han vuelto a la normalidad. El amo de Ch. ha regresado -ha estado unos días atendiendo a su madre, en el hospital- y ahora es él quien se ocupa de su gato, al que dice haber echado mucho de menos. Aquí hay opiniones para todos los gustos. K., desde luego, prefiere su orgullosa soledad, aunque ha habido momentos en que los juegos de acoso y/o persecución que se traían entre sí los dos gatos parecían realmente alegres y placenteros, y una bienvenida excepción en su somnolienta rutina. M.A. declara abiertamente que no le gusta ese gato grandullón y un tanto prepotente, lo que no ha sido óbice para que cumpliera puntualmente el compromiso adquirido y se ocupara de que en ningún momento el gato ajeno estuviera desatendido. "Como una madrastra", le digo, aunque de la variedad atenta y cariñosa. C. se limita a reír cada vez que presencia alguna de las absurdas carreras de los dos gatos a lo largo del pasillo. Yo, por mi parte, me he dejado camelar, y me gusta que el intruso acuda a mí cuando pronuncio su nombre... En eso parece más dócil -o más astuto- que K. 

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