lunes, julio 15, 2013

HACIENDO AMIGOS

El modesto cosmopolitismo de esta terraza, en la que habitualmente sólo coincidimos los residentes. Hoy oímos hablar alemán en la mesa de al lado, y en la nuestra usamos el inglés para dirigirnos a M., el amigo londinense de nuestros amigos L. y A., que viene a visitarnos por segunda vez y había preguntado expresamente si vendríamos a comer a este restaurante, del que dice guardar un grato recuerdo, a pesar de que la especialidad de la casa son las carnes, que él no come por un reflejo parecido -mezcla de obstinación y fobia- al que me impide a mí probar el queso... El dueño del restaurante ironiza ampliamente sobre ambas manías, que acaso implican una dificultad para entendernos aun mayor que la que supone el propio batiburrillo idiomático. También el tiempo anda revuelto. It was hotter in London than here, nos dice M. en cuanto nos alcanzan las primeras bocanadas de la fresca brisa vespertina. Unos amigos recién regresados de allá nos lo confirman al día siguiente: "Treinta y dos grados tuvimos ayer en Londres". A la vuelta miro el termómetro del coche, que suele indicar la temperatura del vehículo recalentado al sol: veintiocho grados. Todo revuelto, mezclado, confundido. También los afectos: "Lo mejor de tratar a una persona en dos épocas distintas -dice L., refiriéndose a mí- es constatar cómo ha cambiado esa persona, o cómo han cambiado tus impresiones sobre ella". Quiere decir que, cuando me conoció hace casi treinta años -ella era amiga de mi mujer-, yo exteriorizaba una actitud bastante hosca, no hacia ella en concreto, sino hacia casi todo el mundo, más por timidez y falta de recursos sociales que por otra cosa. Ahora no es que haya mejorado mucho, pero al menos entre amigos suelo mostrarme relajado y expresivo, y eso que ganamos todos...

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Lo más curioso de los casos de corrupción que empuercan la vida nacional es que, según quién los cometa, responden, en su tipología, a las filosofías políticas opuestas de la derecha y la izquierda. La primera suele incurrir en compadreos de altura, que se resuelven en tratos que implican el beneficio de particulares al margen de la legalidad -cohechos, por ejemplo, a cambio de contratos-; los segundos utilizan abiertamente los recursos y estructuras de la administración para desviar fondos hacia afines y paniaguados, convenientemente camuflados entre los beneficiarios legítimos de los subsidios y ayudas sociales existentes. Es decir: la corrupción de derechas reproduce o amplifica las maneras de una sociedad oligárquica; la de izquierdas, las del estado clientelar. Y entre unos y otros, la casa sin barrer. Ambas clases de corrupción son igualmente graves, por supuesto; pero quizá las del segundo tipo, me da la impresión, dañan más la moral pública, porque implican que la corrupción no afecta ya a simples individuos, sino que inficiona la estructura misma del estado, y hace vanas cualesquiera esperanzas que podamos albergar de utilizar alguna vez esas estructuras para corregir eficazmente las desigualdades sociales. Digo yo.

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También me he dado cuenta de que comentar estas cosas abiertamente en la barra de un bar no es la mejor manera de hacer amigos.

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