jueves, julio 11, 2013

JILGUEROS

Me despierta el canto del jilguero: tres pitadas largas, como las que los castizos dedican a las chicas guapas, y luego unas escalas rápidas, seguidas de un aria más entonada, como si lo precedente sólo hubieran sido ejercicios de afinación. Es la mejor manera posible de ir rompiendo el silencio de la mañana (cuando no lo han hecho, en fin, los desaprensivos habituales que suelen pasar con la radio del coche puesta a todo volumen, o los trabajadores municipales encargados de cortar el césped o baldear los contenedores de basura). Y se levanta uno, cuando nada empaña la sensación, con esa alegría que nace de la certeza de que tu vida, por un instante al menos, está en plena armonía con el entorno, y lo que haces -lo que te dispones a hacer en la mañana de ocio- es como el canto de ese pájaro: desinteresado, acaso inútil, pero lo único y mejor que justificará tu jornada de hoy. 

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También ayer -vive uno rodeado de pájaros, dicho sea sin segundas- el vuelo de una bandada de flamencos sobre el patio en el que iban a proyectar, en una sesión de cine al aire libre, Vampiros en la Habana.

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Como homenaje ya algo tardío al difunto Medardo Fraile, releo el breve pero contundente prólogo que antepuso al libro Disidencias de Pedro J. Domene: "Las nuevas generaciones, además de estar seguras de que el mundo empezó con ellas -que suele ser habitual-, y de añadir a eso una educación a veces caótica y con frecuencia insuficiente y tendenciosa, andan a tientas cuando oyen muchos de los nombres que constituyen el objeto de este libro...". Desde luego, porque este libro trata, no de los autores más estudiados y leídos, sino de algunos de los que nutren la letra pequeña de los manuales: desde Silverio Lanza a Dionisio Ridruejo -cuyos Cuadernos de Rusia, por cierto, ando leyendo ahora-, pasando por José Gutiérrez Solana o Arturo Barea. Queda anotado.

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