martes, julio 23, 2013

CHARCOS



Para distraerme después del baño, me doy un paseo por las rocas que han aflorado en la orilla con la marea baja. De niño me encantaban las playas "con piedras": aparte de que éstas acogían decenas de pequeños remansos o pozas donde bañarse cómodamente, bullían de una vida simple, elemental, que estimulaba nuestro instinto primario de cazadores-recolectores, en una especie de retroceso festivo o vacacional a las condiciones del Neolítico. Y allí pasábamos las horas, volviendo piedras para sorprender la carrera asustada de un cangrejo, o acechando en las charcas el reflejo huidizo de un camarón o un pez semitransparente, o arrancando con la punta de un cuchillo lapas y ostiones de la roca madre, o recolectando bígaros -comestibles - o caracolas habitadas por cangrejos ermitaños -sólo por el placer de ver, al poco tiempo, asomar el cuerpo del bicho, con su desproporcionada pinza por delante a modo de parapeto- o, simplemente, conchas y caracolas vacías. Había como una sobreabundancia de todas estas cosas, que contrasta tristemente con la escasez que ahora se aprecia: decenios de esquilma, bajo la égida del turismo de masas, no han pasado en vano. A este respecto, recuerdo con mala conciencia una de mis primeras experiencias como profesor acompañante en una excursión escolar. La organizaba el departamento de Ciencias Naturales y el objetivo era capturar especímenes, creo que con el objetivo de mantenerlos vivos en un acuario de agua de mar. Fue una devastación. Los doscientos escolares se lanzaron sobre el arrecife -era una mañana soleada de otoño- y, en cuestión de minutos, las bolsas y recipientes destinados al efecto rebosaban de cangrejos, pulpos, holoturias -que en Cádiz y aledaños reciben un nombre obsceno, en consonancia con su aspecto fálico-, caracoles, etc. Terminé el día con el peso de que habíamos causado un daño irreparable a aquella porción del litoral, y me juré no volver a ser cómplice de ninguna otra incursión de ese género... 

Pero estaba pensando en mi infancia, en los interminables días de playa en los que acompasábamos nuestros juegos al ritmo de las mareas, en función de lo que cada fase de las mismas permitiera hacer: recorrer a pie enjuto el arrecife, bañarse en la gran piscina natural que se formaba a media marea entre los dos brazos del mismo, o esperar a que la pleamar lo cubriera y la línea del agua avanzara lo suficiente sobre la playa hasta permitir el baño. 

Siento cosquillas en el pie que tengo metido en una poza. Insistente, ajeno al viejo instinto depredador que en otro tiempo me llevaba a meter la mano en el agua y comerme vivos a los de su especie -un estallido de mar entre los dientes-, un camarón irisado me mordisquea la piel.     


Imagen: Óleo sobre tabla, Carmen Bustamante

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