jueves, julio 18, 2013

UNA FÁBULA

Se cumplen diez años de la muerte del autor de Los detectives salvajes, en coincidencia con el cincuenta aniversario de la publicación de Rayuela de Cortázar. Lo que invita al viejo juego de los paralelismos y coincidencias dictados por los caprichos del calendario. O no tanto: Los detectives..., desde luego, hace pensar en la novela del argentino. Es, para empezar, un nuevo tratamiento de un tema viejo: el del intelectual suramericano en la diáspora; y no se libra del todo del matiz que el argentino supo infundir a ese viejo asunto: un cierto romanticismo desesperado, unido a una idealización nihilista -menos en Los detectives... que en Rayuela- de la vida bohemia de los emigrados. El posible destino de Belano, uno de los protagonistas de Los detectives..., de quien entendemos que encuentra la muerte mientras trabaja como enviado especial en la guerra civil de Liberia, apunta a esa dirección. Cada época tiene sus héroes característicos, y el de la última década del siglo XX, después de las guerras del Golfo, de Bosnia y de África central, es el enviado especial. En eso la novela se resiente de cierta... no sé cómo decirlo... ¿facilidad?, y casi apunta a los modos del best-seller -el largo capítulo dedicado al episodio africano recuerda, por ejemplo, Los perros de la guerra, la novela de Forsyth sobre un imaginario golpe de estado en un país de ese continente-. Otros hilos cuajan en una especie de novela paródica sobre la vida literaria española e hispanoamericana, que incluye un ridículo duelo entre Belano -ahora autor publicado- y un famoso crítico literario español -luego caído en desgracia- de la década de los noventa, cuyo nombre aparece someramente maquillado en la narración, y también una irónica semblanza de Octavio Paz puesta en los labios incondicionales de su secretaria... Todo el grueso bloque constituido por estas narraciones puestas en bocas de espectadores ocasionales de las andanzas de los protagonistas aparece enmarcado por un diario que narra un grotesco lance transcurrido en México entre finales de 1975 y comienzos de 1976: las andanzas del grupo literario "realvisceralista", que incluye una huida del D.F. a los desiertos de Sonora, donde los protagonistas buscan a una remota antecesora de su estética, la poeta -imaginaria- Cesárea Tinajero. En toda esta madeja hay partes muy bien narradas y partes que parecen de relleno, capítulos que tienen el tono justo -a mí me gustan mucho, por ejemplo, los fragmentos puestos en boca de un tal Amadeo Salvatierra, un melancólico intelectual mejicano de la estirpe de Reyes o Paz, que desgrana ante los jóvenes "realvisceralistas" sus escasos recuerdos de Cesárea Tinajero- y otros que apuntan a ese tipo de acción absurda y disparatada que recuerda las extravagancias finales de Horacio Oliveira en Rayuela. ¿Es una gran novela? Hace pensar, sin duda; y, si se lee con la mente puesta en el trágico destino del autor, con esa muerte prematura sobrevenida pocos años después de alcanzado el éxito tan largamente perseguido, constituye todo un canto a la futilidad de ciertos afanes. Pero incluso en esto -en la manera implacable de denunciar la futilidad del sueño de la gloria literaria- la aventajan los cuentos del autor. Claro que una novela así -o dos, o muchas- suele ser el precio que, en la actual coyuntura literaria, se exige para alcanzar ese éxito. Y quizá esta novela quede como eso: como un casi sobrehumano esfuerzo para satisfacer el capricho literario de una generación de lectores que no se hacían demasiadas ilusiones al respecto. 

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