martes, agosto 06, 2013

AL PESO


De vuelta a este cuaderno después de unos días en la sierra. El verano está siendo discontinuo, salpicado de pequeños acontecimientos, encuentros, alguna que otra obligación aplazada, etc., que, al pautar el tiempo y dividirlo en intervalos de espera y de cumplimiento, lo aceleran y acortan. Sólo el aburrimiento es eterno, y ya quisiera uno aburrirse, ya... Pero así vienen las cosas, y lo más parecido a ese anhelado tiempo indistinto y lento -que no del todo aburrido- han sido estos días en la sierra: lectura, música, paseos vespertinos, alguna que otra visita de amigos. Ahora, de vuelta en casa, el tiempo vuelve a correr. Y, con él, esa ambigua sensación del sediento que, con las manos hechas cuenco bajo el agua que fluye, por un lado agradece el frescor que envuelve sus manos y muñecas y, por otro, siente la impotencia de nunca poder acopiar la suficiente para saciar su sed. 


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Del pausado, gratísimo diario neoyorquino de Hilario Barrero que leo estos días, anoto, por chocante, la entrada en la que habla de unos vecinos que querían cruzar su perro y que, al encontrar a la candidata adecuada, se hallaron con que los dueños de ésta les ponían la condición de que, tras la cópula, y en el caso de que ésta fuera fructífera, el perro había de permanecer con ellos, para que la camada creciera bajo la égida de una figura paterna...


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Sigo leyendo también a R.B. Su tocho sobre las idas y venidas de una serie de personajes variopintos por el desolado estado mejicano de Sonora, con el telón de fondo de los centenares de asesinatos de mujeres, casi todos ellos aún sin resolver, que han tenido lugar en esas tierras, me engancha y me aburre a intervalos. Lo mejor, quizá, la parte dedicada propiamente a esos crímenes y a las torpes tentativas policiales por avanzar algo en el esclarecimiento de los mismos. A ratos, la narración, de una desangelada precisión que recuerda al estilo de A sangre fría de Truman Capote, alcanza la engañosa consistencia de una novela policial a punto de resolverse, para, de inmediato, disipar la ilusión y devolver al lector al laberinto de hechos vagamente concatenados, pero obedientes a una lógica incomprensible... En eso, en esa especie de deconstrucción -ya salió la palabreja- del género policíaco, B. va mucho más allá que sus ilustres precedentes o afines: el Samuel Becket de Molloy o el aburridísimo Auster de la Trilogía de Nueva York. Sólo que, aun reconociéndole la preeminencia, sigue uno preguntándose, ante estas páginas laberínticas y este afán de exhaustividad narrativa, por el sentido final de todo este alarde.


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Nos sorprende también que este bluesman, que se anuncia con un nombre inglés -de pega- y que es alto, desgarbado y rubicundo como un inglés, sea... de Barcelona. Nos damos cuenta al oírle pedir la cena a su anfitriona, la dueña del bar en el que se dispone a cantar, y al que hemos acudido a escucharlo. Luego, conversando con él, nos enteramos de que lleva ocho años afincado en un pueblo de la provincia, y que allí ha tratado a algunos amigos y conocidos nuestros. El mundo es un pañuelo. Y cada vida sería un misterio, si no fuera porque, a poco que indaga uno en las ajenas, intuye en ellas el mismo abismo de dudas y la misma sombra de inconsistencia y futilidad que en la propia. Este hombre, por ejemplo, funda sus esperanzas en que hace poco ha conseguido venderle una melodía a un popular cantautor, y a que tiene un agente que se las promete muy felices respecto a otras canciones suyas -algunas muy hermosas, como una que le oímos cantar esa misma noche, "La posada", basada lejanamente en un verso de Shakespeare- que este hombre le ha confiado. Uno desea sinceramente que le llegue el éxito, y que con él se disipe ese ligero escepticismo, que también advertimos en su conversación, sobre la pertinencia de todos estos esfuerzos. Cada uno vende lo que puede. Y lo malo es que, cuando se alcanza la cincuentena -como es mi caso y creo que también el suyo-, se siente uno tentado de hacer un lote con toda la mercancía y... saldarla poco menos que al peso.


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El amigo J. Posee una cultura enciclopédica, y lo mejor de todo es que no hace el menor esfuerzo por ponerla en valor: no escribe, no pinta, ni siquiera se da pisto en ese circo de vanidades que un tanto presuntuosamente llamamos "redes sociales". Su cultura sólo le sirve -y hasta qué punto- para su propio placer y, en la medida en que encuentra interlocutores apropiados, el de la compañía. Lo envidio. Y qué poco vale, al lado de lo suyo, lo que otros hacemos con lo que nos renta el tiempo dedicado a la lectura, a la audición de música, al cine: triturarlo en virutas para convertirlo en algo casi siempre más barato y peor, como esos tableros hechos de madera prensada con los que se fabrican los muebles malos.

5 comentarios:

gatoflauta dijo...

No muy de acuerdo con el último comentario. Por una parte, lo de la "cultura enciclopédica", en sí mismo, vale poco; como ya recordara Eliot, información no es conocimiento, ni éste, sabiduría. Pero, por otra parte, ¿de dónde sacaría él, o cualquiera, esa "cultura enciclopédica", si algunos no se esforzaran en esa "trituración" que dices, y que no siempre (pese a tu muy elogiable modestia) da ese resultado "más barato y peor"? Quizá Lampedusa, o Hawthorne ("de aquel océano sólo nos quedan unas gotas", que dijo póstumamente un amigo), o Wilde (el que, según dijera, había puesto su genio en la vida, y sólo su talento en la obra) valieran más que sus escritos; pero son éstos los que nos enriquecen y nos hacen quererlos. Lo otro está muy bien, pero es un tantico egoísta, y puede ser tan admirable como, a la larga, estéril, ¿no?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tienes razón en todo lo que dices. Depende, claro está, del alcance que se le quiera dar a mis palabras, que en este caso sólo son una semblanza cariñosa de un amigo al que admiro, entre otras cosas, por esa manera suya de disfrutar la cultura sin imponerse retos adicionales. Y no creo que el resultado sea del todo estéril. Para empezar, si hubiera muchos miles de personas de esa amplitud desinteresada de miras, los que hacemos cosas más tangibles tendríamos un magnífico público, que ya es algo.

Anónimo dijo...

No, no, su pensamiento no es estéril, solo que ese dejarlo correr, es verdad, da un poco de vértigo. Algunos más necesitados de asideros vamos, como Ruth, recogiendo gavillas de trigo por sus campos.
E.

Sara dijo...

Yo me figuro que habrá tantas personas con cultura, conocimiento y sabiduría que no escriben (existen muchas otras maneras de compartir ¿no es verdad?) como escritores compulsivos carentes de cada una de estas cualidades. Por tanto, calificar a los primeros de "un tantico egoístas" me parece un tantico desatinado.... ;)

gatoflauta dijo...

No veo bien el razonamiento de Sara. Tal como yo lo entiendo, dice que, puesto que hay (supuestos) escritores que deberían callarse (¡y tantos, y tanto, añado yo!), y no lo hacen, quienes teniendo cosas verdaderamente valiosas que decir prefieren el silencio público quedarían así justificados. (¿?). Yo creo todo lo contrario: que precisamente la algarabía inútil que nos envuelve hace tanto más valiosas, y necesarias, esas voces. Si los peores gritan, o más bien chillan, que los mejores callen no es una solución; al revés, es agravar el problema.