lunes, agosto 26, 2013

CON GENET EN LARACHE


Llegamos a Larache desde el norte y entramos por el puerto pesquero, en el que ese día está recogida la casi totalidad de la flota, no sabemos si por el levante que ha empezado a soplar en la víspera -que a nosotros no nos parece demasiado fuerte- o porque el pueblo está en fiestas -aunque este último factor en Marruecos nunca es determinante del decurso laboral-. Vamos bordeando el contorno marítimo de la ciudad y dejamos a nuestra derecha un castillo en ruinas, al extremo de la medina, y luego algunas manzanas de ruinosos edificios de la época del protectorado español, y el bullicioso mercado, flanqueado por puestos de pescado en los que resplandecen los afamados boquerones y sardinas de Larache. Hemos dejado atrás también el cementerio musulmán, encaramado en una elevación en la línea de acantilados que flanquea la costa, y llegado, ya en las afueras, al otro pequeño cementerio, el español, también dispuesto en terraza frente al mar, y situado enfrente de unos descampados en el que pastan algunas cabras y el sol castiga algunos malolientes montones de basura. Venimos a ver la tumba de Jean Genet. Una de esas casualidades que suelen darse en los viajes quiso que precisamente el día anterior diera fin a la lectura de Jean Genet en Tánger, el diario que Mohamed Chukri consagró a sus andanzas con el escritor francés durante las visitas de éste a la ciudad norteafricana, y que en su epílogo me enterara -reconozco mi ignorancia al respecto hasta ese momento- que Genet está enterrado en Larache, a pocos kilómetros de Asilah. Se lo comento a nuestros anfitriones, que nos dicen que conocen la tumba y se brindan a acompañarnos a visitarla. Así que allá vamos. El siempre algo malicioso Chukri comenta que, a juicio del último "protegido" de Genet en Marruecos, Larache era el último lugar en el que éste deseaba ser enterrado, pero así lo decidió su compañero en sus últimos años, en deferencia a que allí vivía y estudiaba Azzedine, el hijo del amigo marroquí, a quien Genet no dejó de brindar su apoyo económico... Una trama un tanto complicada, en fin, a la que no es ajena la condición de perpetuo expatriado que Genet conservó incluso en sus años de mayor reconocimiento literario.

Con estos datos en mente llegamos a la puerta de la modesta casita encalada en la que vive la familia que cuida del cementerio español. Responde a nuestra llamada una mujer joven, con aspecto de campesina, que nos invita a dirigirnos a la cancela. Cae un sol de plomo y en el cementerio no hay más sombra que la que brinda una extraña palmera quebrada de raíz, cuyo tronco ha crecido en horizontal, pegado a la tierra, y luego, por no sabemos qué reacción de la naturaleza, ha buscado la verticalidad y levantado su escueta sombrilla un par de metros por encima del suelo... Bajo ella se refugia la guardesa, sin quitarnos ojo de encima. Avanzamos entre las tumbas, la práctica totalidad de ellas -las que conservan algún vestigio de sus inscripciones- datadas en las dos primeras décadas del siglo veinte, cuando España libraba una sangrienta guerra para afianzar su control sobre el Protectorado. La mayoría son de soldados muertos en esas campañas, aunque también hay muchas de mujeres -jóvenes la mayoría- y bastantes de niños, que uno supone muertos de enfermedad en la entonces inhóspita ciudad de guarnición. Era doloroso imaginar la aflicción de aquellos padres que debían de haber detectado un factor añadido de crueldad en el hecho, no del todo infrecuente en aquellos tiempos, de perder a un hijo en sus primeros años de vida. De ahí las detalladas inscripciones, cómo si con éstas aquellos españoles desplazados intentaran afirmar su plena conciencia de estar sometidos a una cuota extraordinaria de penalidades... Tengo la ocurrencia de tocar una de las enmohecidas cruces de hierro de una de las tumbas y constato, con cierto horror, que casi me quedo con ella en la mano, y que a mi contacto se han desprendido varias lascas de materia herrumbrosa, como si la pieza entera fuera a volatilizarse entre mis dedos. 

Siguiendo las indicaciones de la guardesa, descendemos por la vereda empedrada que conduce a la tumba del escritor francés. A diferencia de las otras, ésta no consiste en una losa blanca, sino en una especie de arriate de tierra ceñido por un murete encalado, a la cabeza y los pies del cual se alzan sendas piedras sin tallar, también encaladas, en una de las cuales consta la siguiente inscripción: 


Jean Genet

19 Dec 1910
13-14 Avril 86


La tumba hace un pequeño repecho desde el que se goza de una inmejorable vista, a nuestra derecha, de los acantilados que bordean los puntos más escarpados de la fachada marítima de Larache. La vista a la izquierda está cortada por los muros, también blancos, de una prisión. Uno, que siempre ha tenido la fantasía de que una tumba será tanto más acogedora cuanto más expuesta a un sol que conforte los huesos, piensa que ésta cumple todos los requisitos, y que el pobre Genet, a quien Chukri retrata en sus anotaciones como alguien básicamente descontento del destino que quiso convertirlo en un personaje desubicado y desorientado, no debe de estar del todo descontento en este lugar... A falta de flores de mayor empaque, nuestra anfitriona y guía deja sobre la tumba un ramillete de margaritas. Yo deposito unas monedas en la mano de la guardesa, por las molestias. Y abandonamos la calma de este cementerio para sumergirnos en el bullicio del mercado de Larache, en el que pretendemos comprar unos boquerones para la cena.  

3 comentarios:

Capador de Turleque dijo...

Veo después de algún tiempo que su músculo literario está alcanzando dimensiones vigoréxicas. Asusta tanta belleza tan poco reconocida. Dan ganas de dar unas cuantas bofetadas y de tatuarse uno "Querelle" en el pene.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias. En cuanto a lo del tatuaje, ¿no podría ser en otra parte del cuerpo?

gatoflauta dijo...

Tu muy sensata respuesta me hace recordar el chiste de aquél que, de visita en la ciudad y sintiendo hambre, ve anunciados en un bar "Perritos calientes", y atraído por el nombre entra y pide uno. Y cuando le sirven, viendo aquéllo, le pregunta al camarero: ¿Y no me podrían dar de otra parte del perro, oiga?