jueves, agosto 22, 2013

EL BARBERO DE ASILAH

Iba uno a tiro hecho, y por eso no hubo más que asomarse por Bab El Homar, la Puerta de Tierra de la medina, y buscar, entre la baraúnda de terrazas, bazares de todo tipo y puestos de comida rápida que ocupan la confluencia entre las avenidas de Ibn Battuta y Hassan II, el rótulo del local. La barba de tres días parecía excusa más que suficiente para dar carta de naturaleza a lo que no era más que un dictado de la curiosidad, espoleada por el relato de los méritos del barbero que previamente me habían hecho mis amigos de Assilah. Así que me asomé tímidamente a la puerta y entreví un local pulquérrimo, que olía a jabón de afeitar y a lociones, aunque no tanto como esas peluquerías españolas de las que parece imposible salir sin haber adquirido el aspecto de un ídolo de la canción melódica, pongo por caso... "Nos hemos vuelto todos muy peluqueros", decía Josep Pla ya en los años veinte, refiriéndose a la amalgama de remilgos y afectaciones que iba acumulando el español medio conforme lo iban refinando los avances del mundo moderno. El dicho, desde luego, y sus implicaciones no podían aplicarse al barbero de Bab El Homar. Que interrumpió por un instante su labor -estaba terminando de afeitar a un cliente- para atenderme. Le expliqué mis pretensiones, que incluían un repaso a mi rudimentaria perilla y a mis patillas desiguales, y él me señaló el banco de gutapercha en el que debía aguardar mi turno. 

Desde ahí pude observarlo a mis anchas. El barbero es un hombre de pequeña estatura, algo entrado en carnes, y con la palidez característica de quienes jamás se exponen a la luz del sol. Es también un hombre pulcro, comedido de gestos -aunque locuaz-, y dotado de esa distinción de porte que parece la seña de identidad del marroquí que ha llegado a una edad respetable sin haber sucumbido del todo a las indignidades y sevicias de la pobreza. Siguió hablando con su cliente, a cuya tez aplicaba, como un escultor, los últimos toques: un golpecito de navaja aquí, otro allá, seguido de las correspondientes aplicaciones de una toalla templada. Luego le masajeó la piel con un poco de agua de colonia, volvió a aplicar la toalla refrescante, aflojó el cierre del paño protector y pasó un cepillo seco por el cuello del cliente, al que finalmente invitó a levantarse. Yo, mientras tanto, me había fijado en que de la pared del local colgaban dos almanaques españoles, ambos del año en curso, y sin estrenar, como si el tiempo, o al menos la clase de tiempo que puede medirse con esa clase de calendarios, no contara para aquel hombre ni para su oficio. También me fijé en el mobiliario y utillaje del local: idénticos, en fin, a los que podían encontrarse en una barbería española de, pongamos, mil novecientos setenta, sólo que por ésta no había llegado aún el "corte de pelo a navaja" y otras modas de entonces, por las que nuestras hirsutas cabelleras dejaron de ser simplemente rapadas y empezaron a ser moldeadas al capricho de los tiempos. 

Me había llegado el turno. Ocupé el asiento reclinable y el barbero me palpó la piel, dio un toque de brocha aquí y allá y, finalmente, cuando ya parecía haber peritado todas y cada una de las dificultades del caso que tenía por delante -incluyendo, por supuesto, las cicatrices que me adornan la cara desde los diez años-, puso manos a la obra... El afeitado, para mi decepción, duró un santiamén, aunque no pude constatar que el barbero dejara de dedicarme ninguna de las atenciones que había prodigado a su cliente anterior. Incluso me recortó los pelos que me asomaban por las narices... También me aplicó la colonia, me refrescó la cara, me cepilló el cuello... Y listo. Le pagué los diez dirhams que me pidió (unos noventa céntimos de euro) y salí del local. La noche y las luces eléctricas prestaban una cualidad aterciopelada al variopinto colorido de Asilah. Iba uno más contento que unas pascuas, casi convencido de que, en aquella multitud de rostros nuevos, casi inverosímilmente jóvenes, encendidos por la luz, iba uno también estrenando cara...  

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