martes, agosto 27, 2013

EL CAFÉ DE LA MURALLA

El café es poco más que un cobertizo de cañas adosado a la muralla, al lienzo de la misma perpendicular al tramo en el que se abre el arco que llaman Bab al-Bahr o Puerta del Mar. No tiene nombre, que yo sepa, pero mi anfitrión y acompañante se refiere a él como el Café de los Pescadores, y también como el Café de la Muralla. 

Fuimos allí un sábado por la noche. Los sábados, me dice mi anfitrión, se reúnen allí al anochecer unos músicos locales y tocan hasta pasada la madrugada. No son profesionales. Uno de los que tocan esa noche, por ejemplo, es algo así como maestro de obras o contratista -y no muy fiable, me dice mi acompañante, que lo ha tratado-. Todos lucen, eso sí, la espléndida presencia que suelen tener los hombres maduros marroquíes cuando están en su ambiente y a sus anchas, con sus chilabas -quienes las llevan- o camisas limpias y planchadas, la barba cuidada, y esa especie de birrete o sombrerillo que gastan algunos en las ocasiones de solemnidad. Ocupan una estancia larga, dentro de las divisiones del espacio que determinan los puntales que soportan la estructura del precario edificio. Están sentados alrededor de una mesa, como en una cena de amigos. El público, casi exclusivamente local -con la excepción de algún turista que entra a curiosear y se marcha a los pocos minutos- se limita a agolparse alrededor, en las mesas disponibles, o a sentarse en el poyete del arriate que contornea el borde externo del café. Los músicos son unos quince. Cantan y tocan sin parar, y cada una de las canciones, si es que así pueden llamarse, dura no menos de veinte minutos. Son melopeas largas, repetitivas como lo son nuestras bulerías y sevillanas, alegres como las primeras, y puede que también con significado picaresco o satírico, pues al rematar ciertas letrillas los cantantes se guiñan y sonríen entre sí. Cuento hasta tres violines, tres o cuatro laúdes, una darbuka o tambor, una especie de pandero, una flauta... Me dice mi acompañante que algunas noches se valen de ciertos cuadernillos o libritos muy sobados, donde miran las letras y las músicas; pero no siempre: esa noche, por ejemplo, tocan de memoria, e incluso el público corea las canciones. Entre letra y letra hay intervalos para el lucimiento instrumental, e incluso para pequeños solos, al modo de los que suelen darse en los temas de jazz, aunque no tan largos ni aparatosos: unos compases de violín, sobre todo, o unas frases de flauta. Esta última es el instrumento que presenta, digamos, para mis oídos inexpertos, una textura más reconocible: me recuerda a los fraseos de Ian Anderson, el flautista de Jethro Tull, la famosa banda de rock sinfónico cuyo rasgo distintivo más característico es, precisamente, el protagonismo que la flauta tiene en todos sus temas. Mi acompañante, que tiene conocimientos musicales, me pondera la rareza de este tipo de formaciones, exclusivas de esta zona de Marruecos y claramente herederas o continuadoras de la tradición andalusí, por contraste con otros estilos de música popular marroquí más primitivos y predominantemente basados en la percusión, como el estilo llamado gnawa, reminiscente de las músicas del África negra. Bromeo con mi acompañante y le digo que por qué no se anima algún día a sumarse a la formación, puesto que él también es músico aficionado y toca el contrabajo. Pero me dice que hay poco espacio en este tipo de música para el papel que desempeña su instrumento: la sección rítmica no tiene aquí la función de soporte o andamio sobre el que se construyen los temas; más bien es al contrario: son las melodías las que parecen tirar de los instrumentos de percusión, que se limitan a seguirlas... En todo lo que precede, claro está, puede haber un sinfín de errores de apreciación por mi parte, puesto que mis conocimientos de técnica musical son prácticamente nulos. 

Tanto o más que la música, en fin, me llama la atención el ambiente. El local está atestado. Al principio no encontramos sillas y mesas libres, y tenemos que acomodarnos en el borde del arriate. Luego, conforme unos entran y otros salen, van quedando huecos, y al final nos sentamos a no más de dos filas de cabezas de distancia de la mesa de los músicos. A mi lado se sientan dos jóvenes de unos veinte años. Uno parece aburrido o indiferente, pero el otro canturrea las letras y mueve entusiásticamente los hombros al ritmo de la música. Reparo entonces en que él, como otros muchos, sostiene en la mano una especie de pipa con boquilla larga de madera tallada, y que de vez en cuando la ceba en una bolsita que se saca del bolsillo y vuelve a encender la lumbre, antes de dar una o dos bocanadas hondas y exhalar un humo espeso y perfumado. Es el kifi, el opiáceo local; que, a juzgar por el humor relajado que muestra la práctica totalidad de los concurrentes, tiene unos efectos de lo más benéficos. No todos lo fuman, por supuesto; muchos se limitan a sorber té verde, y algunos ni eso, porque tampoco parece que los encargados del cafetín estén muy obsesionados porque la clientela haga gasto.

Volvemos a casa pasada la madrugada. Siento una leve punzada de ese instinto de apropiación que lleva al turista a querer llevarse muestras de todo lo que le llama la atención, y al día siguiente indago en los puestos callejeros de discos por si veo algo parecido a lo oído en la víspera. Pero lo que se escucha en la calle a plena luz del día y en las primeras horas de la concurrida noche no tiene nada que ver con esa especie de cónclave de iniciados, y sí con los almibarados cantantes melódicos que muestra a todas horas del día la televisión local, en vídeos que tienen el acabado y uno diría que la misma sastrería y peluquería de los culebrones hispanoamericanos... Aunque también tienen su gracia, como prueba el hecho -¿me atreveré a confesarlo?- de que se me ha pegado el estribillo de una canción oída en el paseo marítimo, y en cuyo estribillo se repite todo el tiempo: ay habibi ay habibi ay habiiiibi... Para espanto de todos, no hago otra cosa que cantarla.

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