viernes, agosto 09, 2013

HUECOS


El mercadillo nocturno y veraniego de los jueves ya casi empieza a dejar de ser lo que era. "¿Cuánto vale esto?", pregunta una mujer a uno de los tenderos, señalando una vieja radio de válvulas. "Cien euros", dice el hombre sin inmutarse. "Pero, por ser para usted, se la dejo en noventa". Precios así nunca se habían oído en este baratillo. Por lo mismo, tampoco me extraña oír, entre algunos mercaderes impacientes, quejas de lo mal que va el negocio. Claro que no siempre es así. Hace dos semanas, sin ir más lejos, compré un disco sencillo de los Beatles, de 1969, por dos euros. "En Internet no lo encuentras por menos de cincuenta", me dice el vendedor, y creo que no miente. De todos modos, crucé los dedos hasta que llegué a casa y pude comprobar que el disco no estaba rayado y se oía perfectamente. Le puse una funda de plástico para proteger la portada, algo despeluchada por los bordes. Y ahí lo tengo, apoyado sobre los lomos de los libros, como esas fotos de familia que suelen ponerse en los filos de las estanterías. 

Hoy tampoco he vuelto con las manos vacías, aunque esta vez el botín obedece más a un gesto piadoso -y a una punzada de curiosidad- que a cualquier prurito de coleccionista o bibliófilo: me traigo, por un euro, un ejemplar de Mundo macho, la disparatada novela sadomasoquista de Terenci Moix que reeditó Planeta hace quince años, y sobre cuyo posible valor, así como el de otras rarezas de su autor -las novelas policíacas que publicó con pseudónimo antes de hacerse famoso, por ejemplo-, me alertó la cumplida biografía que le hizo Juan Bonilla hace unos años, y que me tocó reseñar para El Cultural... Ésa es la clase de huecos que van llenando estas visitas casi compulsivas a los mercadillos y librerías de viejo: lo que alguna vez uno leyó que no estaba mal, que tenía interés, que era divertido o curioso, y que uno no corrió a buscar en ese momento, pero no puede negarse a llevarlo consigo cuando le sale tan conspicuamente al paso como en estas ocasiones. 

Por lo demás, también aireo así un poco esta sobrevenida soledad de unos días: C. anda con la gente de su edad, y M.A. está haciendo unas gestiones en Madrid; así que yo aprovecho para explorar una nueva dimensión -la solitaria- de estos paseos peripatéticos; y luego, a la vuelta, de madrugada, contra mi sana costumbre de no cansar más la vista y la cabeza a estas horas, me siento a escribirlo.   

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