jueves, agosto 29, 2013

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También aquí los libros te salen al encuentro en la calle, e incluso más abiertamente que en otros lugares. En Bab al-Homar, la Puerta de Tierra de la medina de Asilah, hay un quiosco de prensa con una especie de trastienda que contiene una mínima librería donde pueden encontrarse, además de la inevitable sección dedicada al Corán y los libros de devoción, algunos libros en francés (clásicos de uso escolar, sobre todo) y algo de literatura marroquí, aunque no los nombres mayores de los que pueda tener conocimiento un lector europeo. En otro costado de la muralla, junto a la puerta principal o Puerta de la Alcazaba (Bab al-Kassabah), suele ponerse a veces un vendedor que extiende en el suelo una manta sobre la que expone unos pocos y muy desasistidos libros, entre ellos algunos manuales escolares españoles, y ejemplares muy baqueteados de las omnipresentes ediciones para estudiantes de obras de Balzac o Moliére. No puede uno evitar pararse a echar un vistazo, por más que la visión recuerde algo a esos descorazonadores tenderetes de zapatos usados que encuentra uno en la concurrida Avenida de Hassan II, atestada de comercios de todo tipo, desde los más pintorescos y bien surtidos a los más miserables (me dice mi anfitriona que hay españoles especializados en encontrar, entre los montones de ropa usada procedentes de las campañas benéficas de recogida de prendas de segunda mano que tienen lugar periódicamente en España, lotes de ropa sin estrenar procedentes de El Corte Inglés u otras cadenas de grandes almacenes, y que aprovechan para adquirir por unos céntimos lo que en España les costaría una suma considerable). En vano buscará uno, por cierto, en esta bulliciosa calle comercial, algo parecido a las librerías populares, mitad papelerías y mitad quioscos de prensa, que tanto abundan, por ejemplo, en Tánger, y en las que es posible adquirir a muy buen precio un ejemplar del Corán en español (en vano he buscado, por cierto, tanto aquí como en Tetuán y en Tánger, la traducción del Corán al inglés de George Sale, que es la que leyó Edgar Allan Poe y la que le inspiró poemas como "Al Aaraaf" -que es el nombre del purgatorio islámico- o "Israfel" -uno de los ángeles que habitan el Paraíso de esa religión-)...

Para encontrar algo decente que leer en Asilah, lo mejor es dirigirse a los tenderetes de libros que flanquean la Avenue du Prince Héritier, perpendicular al paseo marítimo, y reconocible porque en la esquina se alzan unas naves de arquitectura inconfundiblemente española, en las que todavía se distingue el relieve de un rótulo en castellano que las identifica como pertenecientes a una antigua escuela. En la acera izquierda, subiendo del paseo marítimo, se encuentra el mercadillo: una sucesión de tres grandes tenderetes, bien ordenados e iluminados -permanecen abiertos hasta la madrugada-, en los que uno encuentra, además de la habitual literatura religiosa, un surtido decente de literatura francesa, algunas novelas de quiosco en inglés y un variado surtido de literatura marroquí de toda clase, desde ensayos de política local escritos por prominentes personajes públicos, hasta algún que otro libro de poesía y no pocas novelas, aunque -de nuevo- ninguna de los autores más conocidos por el lector occidental. En vano, en fin, aspira uno a encontrar aquí -al menos, en traducción francesa o a algún otro idioma que uno pueda leer- un ejemplar intonso de Agadir, la mítica novela de Mohamed Khaïr Eddine, o alguna de las colecciones de relatos de Mohamed Zefzaf, por no nombrar algún libro de Chukri... Pero encuentro, eso sí, y compro, una nada decepcionante Antologie de la nouvelle maghrébine, en la que figuran, entre otros, el conocido Tahar Ben Jelloun y la cineasta tangerina Farida Benlyazid. Hojeo estos relatos y la primera impresión es que están bien resueltos y ofrecen al lector que ha querido buscarlos y leerlos en su ambiente una remuneradora colección de estampas de la vida en Marruecos y otros países vecinos; pero ésa es también su gran limitación: el hecho de que casi todos ellos ilustran una situación social, familiar, etc. arquetípica, y que están concebidos más como argumentos a favor de un deseable cambio social que como instancias de vida autónoma reveladas a sus autores... No sé si me explico, y tampoco es éste el lugar para soltar cuatro generalizaciones apresuradas sobre la literatura marroquí, tan sorprendente, por otra parte... 

Ese mismo afán de descubrimiento me lleva a entrar otro día, ya en Tetuán, en un par de librerías de la Avenue Mohammed V, eje del llamado Ensanche español, y a explorar el desgarrador mercadillo de libros que ocupa uno de los pasajes perpendiculares a esa misma avenida, en el que encuentro, multiplicado por mil, el mismo panorama desolador que en el tenderete de Bab al-Kassaba: libros de texto españoles, clásicos "escolares" franceses, novelas de quiosco inglesas y alemanas, alguna que otra novela española, todo muy viejo y sobado; y, para tocarme la fibra sensible, un ejemplar, también muy maltratado, de la eficiente Enciclopedia Universal Herder, como el que todavía conservo y que fue, para mi curiosidad infantil, lo que Google y la Wikipedia para un adolescente de hoy; y, además, el único libro que hubo en casa de mis padres hasta que yo empecé a ocupar estantes con los que pedía a los Reyes Magos o demandaba por mis cumpleaños... De dónde habrá salido este otro ejemplar hallado en un pobrísimo mercadillo de Tetuán. En un lugar parecido, esta vez en el Cádiz de los años cincuenta, situó Quiñones el hallazgo casual de un ejemplar de Ficciones, el primer libro de Borges que caía en sus manos. Yo no he tenido tanta suerte esta vez. Pero, de todos modos, qué chico es el mundo. 

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