martes, agosto 13, 2013

UN AMIGO

Sentarse a la puerta de una taberna a ver pasar a la gente, saborear una copa de vino al atardecer y luego, con ánimo sereno, volver a casa a disfrutar de la propia soledad... Ésa es la rutina de nuestro amigo F.B., al que ayer fuimos a visitar. "Estar jubilado es como haber entrado en la inmortalidad", nos dice. Y debe de tener algo de razón, porque sólo el hecho de dejar de vivir sometido a un horario resta muchos puntos a esa especie de ritmo en permanente aceleración al que vivimos sujetos quienes aceptamos obligaciones pautadas por el reloj. 

Por lo demás, se habla de todo un poco: de cine, de los aspirantes locales a la nombradía literaria, de saber retirarse a tiempo de ciertos afanes, de viejos conocidos... Hay quien le reprocha a nuestro amigo que ya no escriba, pero él dice que un escritor no es como un cantante de moda, obligado a sacar un disco cada año para que la gente no se olvide de él. Quienes lo urgen en sentido contrario lo hacen, piensa él, por el prurito de participar, ya sea como coadjutores -se discute el sentido de la palabra: se refiere a los sacerdotes que desempeñan funciones auxiliares en una parroquia cuya titularidad aspiran a heredar- o adláteres, en la posible gloria aparejada a esos libros por venir... Alguna gloria mundana ha conocido este amigo nuestro: fue Premio Nacional de la Crítica, en una época en la que ese premio aún significaba algo, y goza del indeleble aprecio de sus conciudadanos, amén del respeto y cariño de quienes hemos sido, si no sus discípulos directos -él nunca ha regentado nada que se parezca a una escuela-, sí copartícipes de su mundo en una fase de nuestras vidas en la que esas influencias marcan el carácter... Me excuso por el tiempo que hace que no vengo a verlo, debido, en parte, a esa especie de rutina acelerada a la que uno vive sometido. "Sí, es verdad que ha pasado mucho tiempo", me dice, creo que sin reconvención. Lo despedimos en una esquina. No quiere que lo acompañemos hasta su casa. Me ha parecido -y eso era algo que difícilmente se podía decir de él cuando sus demonios personales estaban en permanente estado de revista- un hombre feliz.