lunes, septiembre 23, 2013

AVISPAS


Debe de haber un avispero en el balcón, posiblemente bajo la cornisa, y el caso es que, desde hace días, las avispas se pasean impunemente por mi despacho; lo que resulta inquietante, pero hasta ahora no ha causado daño o inconveniencia alguna. Se limitan a revolotear a mi alrededor, a husmear entre mis papeles, a dejarse atraer por la luminosidad de la pantalla sobre la que tecleo estas líneas. A veces se ve que alguna que ha acertado a pasar al otro lado de la puerta entornada no ha sabido salir luego de ese laberinto, y ha muerto en su empeño de traspasar la barrera invisible constituida por los cristales. Su cuerpo seco, quebradizo, ha aparecido sobre la tarima en la que tengo la impresora,  y uno casi lamenta que este espacio, al que ellas parecen haberle tomado afición, no sea más clemente. No sé qué resultara de esta casi imposible convivencia. Algún día, supongo, buscaré la manera de librarme de tan incómodas vecinas. Pero tampoco sé cómo se tomarán una abierta declaración de hostilidades.


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Hacía dos años por lo menos que no pasaba una noche en una habitación de hotel y casi no recordaba la sensación correspondiente: esa grata conciencia de ocupar, por tiempo limitado, un espacio despersonalizado, es decir, desprovisto de esas adherencias de las que tan saturados andan en ocasiones nuestros entornos cotidianos. Mientras M.A.se arregla -hemos venido aquí para asistir a la boda de unos amigos-, me tumbo en la gran cama limpia y enciendo el televisor. Doy con un distraído programa de cine que nunca antes había visto, y en el que fijo la atención con una clara conciencia de que ninguna otra cosa en la estancia la requiere: no hay enseres que guardar, pequeños desperfectos caseros que nos recuerden nuestra obligación de repararlos, libros que reclamen una lectura y quizá un acuse de recibo... En todo eso reparo más tarde; de momento, me he dejado llevar, antes de percatarme de esta sobrevenida e inesperada sensación de ligereza... Y, no sé por qué, me acuerdo de esos suicidas que, para cometer el acto supremo y desesperado de poner fin a sus vidas, acuden a lugares como éste.


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Maletas. C. se nos va a estudiar a otra ciudad. De lo que ha empaquetado intuyo que la mitad le sobrará muy pronto, por más que ahora se empeñe en llevar consigo, no lo que habrá de valerle para su nueva vida, sino lo que la une todavía a la que deja atrás.  

5 comentarios:

arati dijo...

Esa sensación de ligereza... sin darnos cuenta nos vamos cargando con objetos y obligaciones, nos rodeamos de cosas que nos hagan la vida más confortable pero al mismo tiempo nos esclavizan.
Hace tiempo que me vengo diciendo a mí misma que va llegando el momento de empezar a descoleccionar.
A la vejez hay que llegar ligero de equipaje.

Un abrazo

gatoflauta dijo...

Muy sugerente lo que dice "arati". Me recuerda algo que ha contado por algún sitio Rosa Montero. Dice que ella tiene algo de urraca, y que se le van llenando los cajones de cosas. Y que más de una vez ha cogido uno de esos cajones y ha tirado entero su contenido, sin mirarlo. Y que nunca ha echado nada de menos luego.

Con todo, lo de la "vejez" me parece en su caso un poquitín excesivo. No sé qué edad tendrá, pero supongo que la de jubilación podría ser un momento razonable para empezar a considerar el asunto; es decir, no antes de los 65/70 años. Sospecho que ella es bastante más joven.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, entiendo que la vejez a la que se refiere A. no es la etapa presente de su vida, sino una meta más o menos lejana, a la que no está mal plantearse llegar ligero de equipaje, y eso hay que empezar a hacerlo en la edad madura, que es cuando más cosas tiende uno a acumular. Me gusta eso de "descoleccionar", por cierto.

arati dijo...

Jeje, aún me falta, estoy a punto de llegar a los cincuenta... dejémoslo en que estoy en plena madurez ;-)

La vejez, como dice José Manuel es algo que, aunque queda lejos, se va haciendo presente en el horizonte. Una ya no está para llevarse "la vida por delante", más bien voy asumiendo cual es el "verdadero argumento de la obra".

Tal vez de lo que se trata llegados a este punto es de apreciar el momento, vivir cada día del modo más feliz posible y de ir paulatinamente entrenándose en la pérdida. Un ejercicio de desapego necesario para poder llegar a ese territorio gélido de la vejez bien entrenados en el arte de perder, de desaferrarse y dejar ir.

E ir haciéndolo con alegría y serenidad, ése es el mayor reto.

;-)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No es mal programa, desde luego. Tampoco puede improvisarse. Exige, como mínimo, un cierto bagaje inmaterial que, ése sí, ha de empezar a reunirse pronto.