lunes, septiembre 02, 2013

CETÁCEOS

Como el tiempo no es lineal, digan lo que digan los relojes y los calendarios, mi verdadera despedida del verano tuvo lugar hace unos diez días, al ver los lomos de una manada de cetáceos -orcas o ballenas, no sé- arqueándose a pocos metros del transbordador que nos traía de Tánger. Hizo uno todo ese trayecto en cubierta, no tanto para evitar el mareo -el viento sur que soplaba ese día era bastante clemente- como para ver cómo la bruma poco a poco iba diluyendo en la distancia los perfiles de la ciudad africana. Era un ejercicio de desrealización, de igualar por anticipado lo que se acaba de dejar atrás con la imagen borrosa que uno sabe que la memoria acabará devolviéndole. Y, por eso mismo, la inesperada concreción de esos lomos arqueándose a pocos metros del barco, y la impresión de tiempo detenido que dejan en el espectador, como si ese movimiento que apenas dura un segundo pareciera eternizarse, tal vez por efecto de la repetición, o por el hecho de que los tres animales que asoman su aleta dorsal se suceden unos a otros en brevísimos intervalos perfectamente sincronizados, prolongando en el tiempo una imagen de movimiento sin fin, de acción indefinidamente suspendida en su momento álgido, todo eso, decía, creaba en el espectador una especie de ansiedad remunerada, de expectativa o anhelo con muy pocas posibilidades de realización y, sin embargo, puntualmente satisfechos.

Se incorpora uno a sus rutinas -esa manera de acelerar el tiempo, de saldarlo, en la mera repetición mecánica de las mismas tareas- bajo el efecto salvífico de esa imagen de la eternidad. Y haciendo votos para que los mejores momentos que a uno le sean dados tengan esa capacidad de desprenderse del mero sucederse de las horas y días para quedar fijos para siempre en su propio acontecer, iluminando la vida.  

No hay comentarios: