lunes, septiembre 30, 2013

DESAZONES


Sí, logré rematar con éxito el transbordo que tanto me preocupaba. Pero, de los cuarenta y ocho minutos de que disponía, sólo me sobraron.... ocho. Habría bastado una confusión de pasillos o haberse metido en una escalera mecánica equivocada para perder el tren... Y no, no está uno para estos agobios ni estas prisas.


***

Quizá porque los agobios y prisas suelen dejar en uno, al cabo, un sentimiento de futilidad. Sobre todo si, en medio del trasiego, como ha sucedido esta vez -estaba en Sevilla, al final de un acto literario, y algo preocupado porque no veía el momento de regresar a casa y dormir lo mínimo necesario para tener fuerzas a la mañana siguiente para cumplir mi jornada laboral y luego subirme al tren y efectuar el ya mencionado viaje que me ocuparía el resto del día y me tendría fuera de casa todo el fin de semana-, si en medio de todo este ajetreo, decía, le llega a uno la noticia -me llama M.A., entre lágrimas- de que una persona muy próxima a nosotros se ha apeado ya definitivamente de todos estos vanos afanes en los que empleamos el escaso tiempo que tenemos asignado... No sé qué decirle, las palabras de consuelo me salen vanas y convencionales, y yo mismo tampoco sé qué hacer, a quién llamar, a dónde acudir o qué hacer con los asuntos que me tenían ocupado en ese momento. Aunque, curiosamente, este momentáneo distanciamiento moral de los compromisos inmediatos tiene como efecto encontrar en ellos, en su más o menos mecánico cumplimiento y en su afanosa petición de sentido, una especie de consuelo... menor, sí, e insuficiente, pero no por ello menos palpable. Un mero asentimiento a las exigencias de la vida; que incluyen, entre ellas, la aceptación de su limitación y caducidad, pero también de las variadas argucias que empleamos para ocuparla.


*** 

Hablábamos, entre tanto, de alguien que experimentó en grado máximo esta tensión entre afanes desmedidos y la inevitable constatación de su futilidad: Roberto Bolaño, el escritor en castellano que probablemente más amargas palabras ha vertido sobre la inclemencia del medio literario y la vanidad de todo afán de abrirse camino en ese mundo frecuentemente implacable, injusto y desabrido. Paradójicamente, Bolaño llegó a conocer el triunfo y la fama, aunque sólo fuera durante unos pocos años antes de su muerte. Y el compromiso que estaba detrás de mis ajetreos del fin de semana era una invitación a participar en un ciclo de mesas redondas celebrado dentro del Hay Festival de Segovia y consistente en una serie de lecturas comentadas de textos de Bolaño a cargo de distintos autores. La conclusión de este particular homenaje -que, contra mis expectativas, y a pesar de la amplia variedad de actividades con las que competía, ha contado con un público nutrido e interesado, y que además pagaba por asistir a las charlas- ha sido un tanto paradójico: a casi ninguno de los convocados nos gusta Bolaño, o nos gusta sólo a ratos, o en destellos aislados, o de manera polémica, como si la única manera de abordar a este autor tan aparentemente hosco y desabrido fuera sostener una especie de pulso con él. De este ten con ten, en cualquier caso, salimos enriquecidos: yo, al menos, entiendo ahora un poco mejor mis propias aprensiones, después de haberlas confrontado con tan variada gama de compañeros de ciclo. Y casi estoy igual de acuerdo con Luisgé Martín, por ejemplo, que hizo una muy meditada exposición de por qué no le entusiasma la obra del autor chileno, que con Manuel Vilas, que ponderó un tramo de 2666 que es también el que a mí más me gusta: "La parte de los crímenes", la que desgrana, en una especie de salmodia que abarca cuatrocientas páginas, la crónica descarnada de varios centenares de asesinatos de mujeres que el narrador sitúa en la ciudad mejicana de Santa Teresa, en el estado de Sonora, en México, y que se corresponden con los que realmente se han cometido en la vecina Ciudad Juárez. En mi intervención ponderé el desazonador efecto que sobre el lector tiene esa implacable sucesión de horrores, y la falsa ilusión de sentido que crean en él las varias tramas que se van tejiendo a lo largo de la narración y que, a la postre, no conducen a nada. Hilando más sutilmente, Vilas descubrió, tras la aparente frialdad entre periodística y policial de esta sucesión de crónicas criminales, un extraño sentido del humor de estirpe kafkiana: apreciable, por ejemplo, en la absoluta irrelevancia de ciertos detalles traídos a colación en un tono de aparente objetividad forense...


***

La mirada ausente de esta camarera. Hace su trabajo bien, pero... está en otra parte, y no parece que lo que esté viendo o haciendo en ese otro lugar sea mejor o más estimulante o ilusionante que lo que hace aquí y ahora.

No hay comentarios: