lunes, septiembre 16, 2013

MEJOR

No ha acabado de gustarme el documental que Robert B. Weide ha hecho sobre Woody Allen. Demasiado ñoño, demasiado orientado hacia una especie de exaltación del sueño americano, donde el chico tímido que sabe hacer chistes enseguida ve reconocidos sus méritos y se embarca en una inevitable expirar que inexorablemente conduce al éxito... Falta por ver qué se dirá en la segunda parte del documental sobre los últimos años de su protagonista y la deficiente serie de películas que ha rodado en diferentes capitales europeas, lejos del escenario natural de las mejores suyas, Nueva York, y privado ya, por razones de edad -y de inadecuación, por tanto, entre su actual circunstancia vital y los argumentos de las películas suyas más características-, de su mejor actor y personaje: él mismo. Vemos el documental con cierta mezcla de complacencia -al fin y al cabo, es básicamente una antología de escenas de películas que hemos visto y disfrutado- y decepción. En las entrevistas que le he leído, Allen se muestra más lúcido, más consciente de los problemas a los que se enfrenta un director "independiente", más cauto respecto a los señuelos del estrellato, el éxito fácil y el riesgo de una menor autoexigencia. Su cumbre está, desde luego, en las películas en las que asume un mayor riesgo creativo: Annie Hall, Manhattan, quizá la desolada Interiores o la algo difusa Recuerdos (Stardust Memories). Hay otras luego que mantienen el tono: Delitos y faltas, Desmontando a Harry. Y luego... Pero pedir más a quien tanto ha hecho quizá sea excesivo.

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Vuelta definitiva a las rutinas. Recomienzan las clases. Y cuánto cunde, paradójicamente, en la cuenta personal de uno, ese tiempo arrendado a otros.

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La sensación de que ciertas cosas llegan tarde, o a destiempo, o aminoradas por el desgaste que supone su espera, quizá se corresponda con el hecho de haberlas deseado con una especie de impaciencia, digamos, en la que ya tenía su parte el desengaño anticipado... No sé explicarlo mejor. 

3 comentarios:

Tiemann Pl. dijo...

Coincido contigo, José Manuel, en que Woody es su mejor personaje. Creo que algo parecido le sucede a Oscar Wilde, cuya personalidad es tan intensa que fagotiza a los personajes que pueda inventar. Y no sé si estarás de acuerdo conmigo en que a Vargas Llosa le está sucediendo algo similar a lo que le sucede a Woody, aunque pedirle más a quien tanto ha hecho...
Buena rentrée, y una vez más, felicidades por el premio y por este fantástico blog.

gatoflauta dijo...

Yo supongo que lo de "fagotizar" estará por "fagocitar". Que, a fin de cuentas, WA toca el clarinete, no el fagot. Pero es divertido.

Tiemann Pl. dijo...

Pues creo que Oscar Wilde tocaba el fagot, pero no me hagáis mucho caso. ;-)