jueves, septiembre 05, 2013

OTRO LUGAR


Como las aceras aledañas al trabajo son "zona azul" en verano, me veo obligado a buscar aparcamiento en las manzanas vecinas; y no es fácil: son barrios muy poblados, cuyo espacio de aparcamiento se ve saturado, además, por la merma que supone la ya mencionada limitación de estacionamiento en las inmediaciones. Supongo que los propios vecinos se las ven y se las desean para aparcar sus coches, por lo que recorro sin demasiadas esperanzas una calle tras otra, adentrándome cada vez más en un barrio que apenas conozco, y que me depara la sorpresa de alguna que otra plazuela silenciosa, flanqueada de árboles de mediano porte, como los que ya no se ven en casi ninguna otra zona de la ciudad, y algunas manzanas de casas bajas, como de pueblo, que han resistido la presión de los constructores por llenar esa parte de la ciudad de edificios altos. La hora temprana -son apenas las siete y media de la mañana- añade extrañeza a mi presencia en este lugar. He encontrado un hueco para aparcar en una callejuela, y ahora deshago el camino a pie. En una esquina, un modesto restaurante familiar, ya abierto, deja ver tras sus ventanales un salón con mesitas cubiertas por unos hules a cuadros rojos y blancos. Nunca había reparado en él; y, a la luz irreal de la primera hora del día, casi me parece un decorado: uno de esos locales en los que las películas sitúan el asesinato de un gánster que en ese momento da buena cuenta de un plato de espaguetis. Hago votos de volver algún día a probar el menú. Aunque no me extrañaría que, cuando lo intente, el restaurante ya no estuviera allí, o yo no fuera capaz de dar con él, y concluyera que todo había sido producto de una alucinación o un sueño. Igual extrañeza me producen otros comercios: inesperados, nunca antes advertidos, titulares de géneros que no se explica uno cómo tienen salida en esta especie de mundo aparte, separado de las calles por las que mayoritariamente transcurre el bullicio de la ciudad. Como voy con tiempo suficiente, me demoro en esas calles silenciosas, desiertas, y me acuerdo de un tiempo, a caballo entre mi infancia y mi adolescencia, en el que, aprovechando la creciente libertad para vagar a mis anchas, mi objetivo diario era descubrir una calle nueva, un rincón de la ciudad en el que no hubiera estado nunca antes. Me situaba, pongamos, en el centro de una plazuela desconocida, miraba alrededor y experimentaba por unos segundos el vértigo de hallarme en otra ciudad, en un lugar donde no conocía a nadie ni nadie podría encontrarme. De esos paseos recuerdo, sobre todo, las tonalidades distintas de la luz según los lugares, o según la cualidad de la piedra o la mampostería que la reflejara, también variable en función de la hora del día. Luego perdí esa capacidad de asombro. Las impresiones de hoy, me digo, no son sino un efecto de lo desabrido de la hora. A lo mejor, simplemente no me he despertado del todo aún, y ando por las calles como sonámbulo. Pero, a pesar de ese exceso de autoconciencia, empeñado en estropearlo todo, no dejo de pensar que, aunque sólo sea por unos minutos, esos instantes pertenecían con igual derecho a mi vida de hombre maduro sujeto a obligaciones y, quizá, a otro tiempo igualmente presente, pero en el que yo no soy exactamente yo, o no el yo de ahora, y bastaría un simple acto de voluntad para que el cambio fuera irreversible. 

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